TRUMP, MARINES Y ROCANROL

Hace tiempo que las protestas sociales cambiaron radicalmente su fisonomía. Las viejas consignas como “Liberación o Dependencia” forman parte ya del pasado y hoy se imponen otro tipo de reivindicaciones y métodos. Y ni hablar de los puños en alto que supo inmortalizar el pintor y dibujante Ricardo Carpani en sus afiches de la CGT de los Argentinos. ¡Puaj! ¡Qué demodé!

Hoy aquella central obrera combativa y antiburocrática sería redefinida, seguramente, CGT de Les Argentines. Y lo que a fines de los 60 y principios de los 70 era gesto adusto, seriedad y falta de ironía hoy viró hacia un formato más pop cruzado con meme pasota.

Las protestas de mujeres y la marcha del orgullo surgieron de los márgenes pero supieron ocupar el centro de la escena de lo comunicacional en la manifestación callejera. Y hoy desde los movimientos sociales hasta los sindicatos cambiaron su fisonomía cuando salen a reclamar a las calles. Hoy hay más colorido, hoy hay más joda.

La protesta contra el G20 no podía ser la excepción. Por eso el Baby Trump se transformó en la estrella de la protesta. Claro que los límites del pop a veces resultan difusos. Y ese muñeco inflable gigante, con la figura de un Trump bebé, es una incitación al equívoco.

En realidad no es un Trump bebé, sino un Trump con cara actual y cuerpo de bebé. El muñeco tiene el torso desnudo, un pañal con alfiler de gancho (o sea, un pañal de tela, como los que debe haber usado Trump cuando era bebé) y un celular en la mano. El gesto del presidente estadounidense es de enojo, pero la caricatura es tan adorable que da cierta ternura.

El Baby Trump forma parte, supuestamente, de una protesta global contra el mandatario norteamericano. Lo inventó el neoyorquino Rob Kennedy y hay seis globos como esos en todo el mundo. Allí donde va Trump, allí va Kennedy con su globo para señalarle al presidente lo malo que es.

El problema de la “protesta” contra Trump es precisamente lo simpático que resulta el bebé de piel naranja. Kennedy dice que el muñeco simboliza el hecho de que Trump gobierna sin razonar, como si fuera un bebé caprichoso. Pero, ¿a alguien lo espantaría en el mundo actual ser gobernado por un bebé?

La tierra no parece cyer-Boca se iba a jug malo que es siti la cumbre del G20 que se estiar como debere Donald.

e River-Boca se iba a jugno parece estar muy bien así como está, gobernada por adultos supuestamente responsables. Quizá un bebé puede agregarle algo de deseo, algo de verdad, algo de sensibilidad o algo de inocencia a un mundo bastante podrido.

Por supuesto, Trump no es ni sincero, ni sensible, ni inocente, ni verdadero. Pero hay algo del magnetismo que genera el personaje que hace que, en un punto, lo veamos como portador de algo distinto del resto de la dirigencia política.

Trump jamás había ocupado un puesto político. Ni diputado, ni senador, ni gobernador, ni concejal: el primer cargo público que tuvo en su vida fue el de presidente de los Estados Unidos. Eso sí, había hecho apariciones en una gran cantidad de películas y series, entre ellas “Celebrity” (de Woody Allen), “Zoolander” (de Ben Stiller) y en un capítulo de “Sex & The City” sobre el viagra.

La llegada de Trump a la Argentina es la llegada de una estrella internacional. Trump no es tanto un presidente de los Estados Unidos, sino una mezcla de Madonna con Mick Jagger. Y es probable que el Baby Trump sea lo mejor para representarlo.

Trump es una caricatura que tiene a su disposición el mayor arsenal nuclear de todo el Mundo. No es como Bush (padre e hijo) que resultaban la representación más obvia del mal. Tampoco es como Barack Obama, que generaba cierta contradicción entre alguna progresía que no terminaba de odiar a ese negro demócrata como lo amerita cualquier otro presidente yanqui.

No hay atenuantes políticos ni ideológicos para odiar a Trump. Al contrario, si se lo analiza sólo desde ese lugar, el odio y el rechazo son inmediatos. Sin embargo, hay un magnetismo que genera Trump que tiene que ver con el deseo inconfesable de ser como él y que atraviesa a muchos hombres.

Trump no es Macri, que intenta disimular su condición de niño rico y caprichoso tras una pátina de seriedad republicana. Tampoco es Bolsonaro, una bestia racista y homofóbica que antes de decir cualquier cosa invoca a Dios un par de veces. Trump es como si Ricardo Fort hubiera sido presidente.

¿Será consciente Donald Trump de haber llegado a un país hecho a su medida? ¿Tendrá claro de que acá juega de local? Lo más probable es que sí. No sólo eso: es seguro que tiene claro que este es un mundo en el que juega de local.

Hubo un solo elemento que no sólo compitió, sino que pudo haber desplazado a un segundo plano la visita de Trump a la Argentina: el anuncio de que River-Boca se iba a jugar en el estadio Santiago Bernabeu, en Madrid. Pero la indignación futbolera fue tal que poco tiempo después los focos de la noticia volvieron a posarse sobre Donald.

Trump no está solo, por supuesto: lo acompañan varios de los mandatarios más importantes del mundo: el chino, el indio, el francés al que no recibió nadie, Putin (tal vez el que más se le parece, desde que no está más Berlusconi), el italiano, Kagame y varios más. Pero nada brilla tanto en el firmamento de los dueños del mundo como la presencia estelar de Donald.

Magnético, grotesco, con jopo ridículo, millonario, impredecible: así es el presidente estadounidense que no podemos terminar de odiar como deberíamos. Por eso él es la estrella principal, por eso los demás son teloneros. Por eso los medios hablan de él, sólo de él.

Mezcla rara de Rockefeller y Pomelo, Donald Trump es la estrella indiscutible de este Loolapalooza de garcas que es la cumbre del G20 que se está desarrollando en este momento en una ciudad sitiada llamada Buenos Aires.

 

Publicado originalmente acá http://www.lavaca.org/notas/trump-marines-y-rocanrol/