Yo la piloteo

Los peligros de la marihuana para los conductores no son tales si se saben tomar los recaudos necesarios. El alcohol sí es un peligro al volante. Pero el porro no. El control al consumo de cannabis que se viene (y que se suma al test de alcohonemia) puede derivar en una grandísima injusticia. La clave es reducir la ingesta a un par de secas. Y elegir recorridos urbanos, evitando rutas y autopistas. Las claves para ser un as del volante y recorrer el país que no miramos. ¡Buen viaje!

 

Nunca tuve ninguna admiración ni mucho menos por Raúl Alfonsín. Si hay algo de lo que me enorgullezco en esta vida es mi virginidad de radicales: jamás los voté. OK, pude haber votado a algunos peronistas impresentables, pero jamás a alguien de la UCR. En esa no me agarran, ni siquiera en nombre del mal menor, que es lo que siempre termina definiendo mi voto. Sin embargo, hay una frase de Alfonsín que me gusta mucho. No es de las más conocidas, y dicen que la dijo en privado, entre correligionarios o compañeros, vaya uno a saber: “A cojer, a manejar y a hacer política se aprende de chico”.

Debo admitir que me gustan las buenas frases, sobre todo si vienen de la persona incorrecta. Por ejemplo, cuando el gobierno español de José Luis Rodríguez Zapatero prohibió fumar en lugares públicos y mandó severos controles de alcoholemia para los automovilistas, el muy desagradable José María Aznar (ex presidente y líder del derechista Partido Popular) dijo: “A mi ningún socialista va a venir a decirme si puedo tomarme un traguito o fumarme un cigarrito”. La natural soberbia de Aznar se veía entonces matizada por la empatía que me producían sus declaraciones. Sólo faltó que hablara a favor del porro.

El hecho de que no me cayera bien Alfonsín no quiere decir que vaya a compararlo con Aznar. Sería como comparar ahora a Ricardo Alfonsín con Francisco de Narváez. Sin embargo, la lógica es la misma: un personaje desagradable (bueno, Alfonsín no era desagradable; digamos, “no simpático”) diciendo cosas agradables termina rozando la simpatía. El caso de Aznar es claro al respecto. En cuanto a la frase de Alfonsín, debo admitir que me toca un poco más de cerca. Y que, aunque jamás consideré al ex presidente y ex caudillo radical como una figura digna de darme un consejo, sentía que esa declaración me paralizaba y que cancelaba un aspecto importante de mi existencia.

Si bien aprendí a coger y a hacer política (bueno, eso creo) en la adolescencia, recién manejé por primera vez a los 39. Hoy, tres años después, a los 42, debo admitir que Alfonsín no estaba tan equivocado. Y digo “tan” porque no manejo necesariamente mal. Pero sí admito que las cosas no serían iguales si hubiera aprendido a manejar en mi más tierna adolescencia, que es cuando aprenden a manejar la mayoría de las personas. Por ejemplo, creo que si hubiera aprendido a manejar de pendejo sería más osado, más lanzado.

En cambio ahora, cuando manejo, soy pura precaución. Lo sé, no está mal: toda persona que va al volante debe ser precavida, responsable y esas cosas que ya todos sabemos. Pero yo hablo de una precaución mayor de lo habitual. Que podría resumirse en “lo que debería ser, pero nadie cumple”, pero que, puesto en escala, no deja de ser pura precaución. Por ejemplo, cuando manejo jamás tomo una gota de alcohol. Pero nada, eh. Ni un poco. Nada de “dale, un vaso de vino, que es lo que está permitido”.

Ya sé que se puede. O un porrón de cerveza. Pero prefiero no tomar nada. Tengo una relación bastante apasionada con mis vicios y es difícil encontrar el término medio, así que mejor dejar el marcador en cero. Así iba yo por la vida, careta y responsable al volante, cuando una persona, cuya identidad no pienso develar (sólo diré que ocupa el cargo de dirección de esta revista y que sus iniciales son S.B.) me dijo: “Está buenísimo manejar fumado”.

Fue un día que había pasado por la redacción de THC y me convidaron lo de rigor. “No, paso”, dije, “vine con el auto”. Ahí me enteré también que no había un control antichurro, similar al control de alcoholemia. Ese día no fumé, porque no quería experimentar en hora pico por zona céntrica. Aunque confieso que me encanta manejar (es más, no entiendo cómo es que estuve tanto tiempo de mi vida sin manejar), lo de andar por la ciudad en hora pico es un martirio que no tiene nada que ver con el placer de estar al volante, por mucho que a uno le guste conducir un automóvil.

Aunque no fumé ese día, tomé nota del consejo de Seba (perdón, del enigmático S.B.) y una tarde de sábado decidí salir a manejar fumado. Tenía que ir a buscar a mi hija a un cumpleaños a un salón con pelotero (sí, nada mejor que ir fumado) y me fui de casa un rato antes, con tiempo, luego de dar un par de secas. Sí, un par, no más. Tampoco es para zarparse. Me fui, di vueltas con el solcito de una tarde de otoño pegando manso sobre el vidrio, y me perdí por algunas calles de Boedo, un barrio lleno de recuerdos de infancia y adolescencia.

Desde ese momento repetí varias veces esos paseos: Villa Luro, Devoto, Villa Real, Floresta, todas zonas donde viven algunos amigos, pero donde soy absolutamente visitante. Y también anduve por otros sitios donde juego de local: Pompeya (pasando por la casa donde viví en mi infancia y mi adolescencia, en la calle Dekay), Parque Patricios, las callecitas de detrás del Hospital Penna, la Plaza José C. Paz, Villa Soldati, hasta cruzar el Riachuelo y desembocar en Valentín Alsina profundo y llegar a la casa de mis abuelos, donde viví de los ocho meses hasta los seis años y a donde solía ir tarde por medio en mi infancia.

Recorrí también la parte de atrás del Riachuelo, del lado de provincia, cerca de la cancha de Victoriano Arenas, a donde íbamos con mi abuelo y mi hermano en bicicleta. Sí, un viaje, en el sentido más literal y exterior, pero también en el más espiritual e introspectivo del término. Un viaje, qué duda cabe. Ustedes saben… como una guía Filcar del alma, una Peuser de la geografía espiritual, algo intangible pero analógico, a las antípodas del buchón y vigilante GPS.

Que se entienda, no se trata aquí de hacer apologías berretas ni de agitar la bandera del “aguante”, algo que jamás tuve y mucho menos tengo ahora. Más bien se trata de encontrar, como decía una propaganda de cigarrillos de los años 80 (¿se acuerdan cuando en la tele había propagandas de cigarrillos?), “el equilibrio justo”.

Un par de secas está bien para manejar fumado. No más, porque no es cuestión de estar del orto: se trata tan sólo de disfrutar del viaje. Sentir que el cuelgue es una posibilidad más, y explotar esa posibilidad hasta las últimas consecuencias. Tiene que ser, por supuesto, un viaje urbano o suburbano. Otra posibilidad es salir al campo o a un camino en una ciudad pequeña, en la playa, por ejemplo. Pero nunca en la ruta.

Manejar fumado no es algo que se pueda hacer a alta velocidad. Más bien todo lo contrario. Y el punto justo al volante es ese en que el porro nos pone atentos y hasta paranoicos. No debemos perder de vista nunca al persecuta que todo fumón lleva dentro, porque si no podríamos causarle problemas a alguien y también a nosotros mismos.

Sí, ya sé, más de uno debe estar pensando en este momento que lo que estoy diciendo es una irresponsabilidad absoluta. Que estoy haciendo apología del delito, que estoy instigando al crimen y quién sabe cuántas cosas más. Por ahí no ustedes, lectores limados de esta revista, pero si lo lee alguien fuera de contexto o sin tomar en cuenta mis advertencias, podría iniciarme acciones legales. Yo aclaro que ya de por sí admitir que uno fuma porro es confesar un acto que no es legal. Así que a partir de ahí, que cada uno piense lo que quiera.

Sí me gustaría aclarar que el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires tiene previsto sumar al control de Alcoholemia, otro test para quienes van al volante: el de porremia, porronemia o como carajo se llame. Es decir, ver si quien maneja está fumado. Van a verle las papilas al conductor y, si están rojas y dilatadas, ahí nomás mandan un control. Algo que, por el momento, no existe como bien me informó en su momento el enigmático S.B. que dirige esta revista.

Una cagada, realmente. Y cuando ese control se implemente, dejaré de manejar fumado. Les dije, soy demasiado prudente al volante como para andar haciendo boludeces. Y no es sólo por el miedo a que me quiten el registro: se trata de la prudencia de quien aprendió a manejar de grande, de quien jamás salió con el auto del viejo en la adolescencia y primera juventud a descontrolar a la noche.

Ya sé, protestar por este nuevo control a los automovilistas es una reverenda pelotudez. Hay cien mil temas más importantes en la sociedad argentina y, en definitiva, no está mal que se controle a la gente que anda al volante. Los conductores de automóviles son un peligro, en las calles se maneja para el orto, y celebro que haya controles para que las personas no conduzcan alcoholizadas.

Les conté que, si manejo, no tomo una gota de alcohol. Y creo que el alcohol sí es jodido, que te saca reflejos, que te nubla la mente, que te adormece. Un bajón, no se puede manejar borracho, ni borrachín, ni siquiera alegre por un par de tragos. Pero el porro es distinto. OK, coincido, no es prioritario. Y mucho menos en un país donde se sigue penando la tenencia para consumo personal.

Pero hay cosas que hay que decirlas: ¡qué lindo es manejar fumado! Y se los digo yo que, si hubiera seguido el consejo de Alfonsín, jamás hubiera tocado un volante ni una palanca de cambios. Sin embargo, aquí estoy: fumón y conductor. Por eso, señor policía, le pido que conmigo haga una excepción: le juro que yo la piloteo.

 

 

(THC, abril de 2010)