SOY CULPABLE

Quiero pedir disculpas. De verdad, de corazón. Cuando alguien se equivoca, lo mejor es reconocerlo. Yo me equivoqué. Y mucho. Por eso
es justo que pague por mis errores. Asumo las consecuencias. Tengo que pagar, lo sé. Es justo.       Durante mucho tiempo creí que el periodismo era un relato de ficción. Un relato de ficción armado con elementos de la realidad, pero ficción al fin. Que el propio relato, la edición, la forma de priorizar esos datos implicaba una ficción. Y si el periodismo era
ficción, ¿qué quedaba para la literatura?

        Hoy gracias a las redes sociales me doy cuenta de que todo fue un gran error. Por eso pido disculpas. Entendí la lección: lo que sale en las redes sociales es la realidad. Y esa realidad es la que luego sale en los medios.

        Si un montón de identidades falsas de twitter dicen que soy un violador, es porque debo serlo. Si un periodista serio como Eduardo Feinmann me acusa de pedófilo es porque, seguramente, seré un
pedófilo.

        No puedo dudar de quienes son un ejemplo de periodismo objetivo y que, como si esto fuera poco, tienen un conocimiento profundo del pensamiento feminista y por eso marcan hoy la agenda informativa en mi querido y amado país. Un país gobernado por buena gente, como toda la gente que maneja el poder en todo el mundo.
       Podría decir que lo que escribí es literatura. Podría poner un montón de ejemplos de gente que utilizó en la ficción elementos escabrosos. Vladimir Nabokov, Louis Férdinand Céline, Ezra Pound, Albert Plá, por nombrar sólo algunos. Pero no tengo derecho a compararme con ellos. Soy culpable.
       Acá no hay ninguna operación. Ni contra mí, ni contra mi pareja. Dejemos las paranoias de lado. Las operaciones políticas o mediáticas no existen. ¿Quién podría querer hacer una operación contra mi mujer? Nadie, evidentemente.

        ¿Que la campaña en mi contra fue exactamente el mismo día en el que mi mujer presentaba su nuevo espacio político, con un acto en el Teatro Liceo? Puras casualidades. Además, como todo el mundo sabe, mi pareja y yo pensamos absolutamente lo mismo en todo. Es más: ella me dice todo lo que tengo que hacer.

        Podría argumentar que mi texto narra una ficción. Pero no: la ficción no existe. Así como todo lo que sale en twitter o en un medio es verdad, todo lo que se escribe es verdad. Desde el segundo semestre hasta la canción “El pollito Pío”. Todo.

        Si yo escribí sobre el incesto es porque seguramente debo ser un perverso y no un porque quise incomodar y hacer reflexionar sobre los límites entre literatura y realidad. Así como cuando escribí “La cumbia del odontólogo” seguramente quise hacer una apología de Barreda y no una burla a una sociedad que presentaba a un femicida como un héroe.

        Y hay más. La tapa de Barcelona que decía “Negros de mierda”, demuestra que soy un racista. Y el diccionario de insultos “Puto el que lee”, que soy un homofóbico. O el guión de la película “Campaña antiargentina”, que me burlo de mi patria. O que me burlo de los antipatriotas. O algo. No sé muy bien qué, habrá que analizarlo. Pero seguro fue por algo muy malo.

        Podría decir que escribí “Incesto sentido” para una revista literaria llamada “La mujer de mi vida”, que me convocaron con la consigna “Pensamientos incómodos” y que yo, siguiendo esa consigna, quise hacer un texto incómodo. Como si me hubieran convocado para hacer algo de terror y escribía un texto que daba miedo.

         Podría contar que en 2016 ese texto salió en el libro “Pensamientos incómodos”, que editó Planeta y que lo presenté con una performance en la Feria del Libro, vestido de Papa, y acompañado por la poeta trans Susy Shock, vestida de monja; los músicos Agustín Guerrero y Juan Martín Scalerandi, vestidos de cura; y el periodista, escritor y comunicador Franco Torchia. Podría decir que lo hice para representar, en ese ámbito sagrado del mercado literario, lo que puede llegar a significar ser un pater familiae. Para deconstruir, como se dice ahora. Para incomodar.

        Pero, en verdad, ¿quién soy yo para incomodar a la gente? La literatura no está para incomodar. Está para contar cosas lindas, que son todas verdad.

        Ahora, desde la claridad que aportan las redes sociales a nuestras vidas, finalmente lo entiendo: no soy un escritor. Soy un delincuente. 

        Si de verdad queremos hacer un país en serio, debemos terminar no con la doble moral, que tanto ha hecho para unir a las familias, sino con el verdadero enemigo: las metáforas. Que, como bien sabemos, las escribe el Diablo.

        Que se haga justicia.

        Estoy listo.

        Enciendan la hoguera.

 

 

PUBLICADO ORIGINALMENTE ACÁ https://www.perfil.com/noticias/columnistas/soy-culpable.phtml