Mercadante - Marchetti

Tengo un hermano biológico al que amo: César. Y tengo dos hermanos del alma a quienes amo: César y Marcelo Mercadante. Marcelo es mi amigo del alma, el hermano que elegí en mi vida. (A César no lo elegí, es mi hermano biológico, pero lo elijo también cada día).

No soy gay, pero si lo fuera, estaría perdidamente enamorado de Marcelo. Porque, de alguna manera, lo estoy. Y eso que estamos lejos. Marcelo se fue a vivir a Barcelona en 1993. Él tenía 23 años y yo 25.

Desde entonces, nuestra amistad a distancia atravesó muchos formatos de comunicación: las cartas de papel, los llamados a teléfono de línea, el correo electrónico, el Skype, el Messenger, el Whatsapp. Hubo también un formato bastante fugaz, ya olvidado, que casi no utilizamos en su supuesto momento de vigencia, pero que fue clave en el paso de la amistad a la colaboración artística: el fax.

El 20 de noviembre de 1997 yo cumplí 30 años, Marcelo me regaló una canción que había escrito para mí, como regalo de cumpleaños. Cuando hablo de escribir, hablo de escribir. Marcelo escribe cuando compone. En esa época lo hacía con lápiz y papel. Ahora lo hace en programas para escribir música. Pero lo suyo, cuando compone, es la escritura.

Como no había forma de que la canción me llegara ese día en algún formato de audio, me dijo que me iba a mandar la partitura por fax. Había un problema: el fax no era algo común encontrar en una casa. No es como lo sería después la computadora de escritorio.

Marcelo tenía fax, porque trabajaba mucho con productores de otros países. Pero yo no. Entonces tuvimos que coordinar un horario para que me lo mandara a un número de fax que conseguí.

Cuando me llegó la canción tuve que recurrir otra vez a alguien que me ayudara. Porque me llegó una partitura, pero yo no sé leer música. Entonces llamé a una amiga para que me la toque en el piano. Yo fui con mi grabador de periodista y grabé la canción en un casete. Y sobre eso escribí la letra.

Un año estuve para escribir la letra de ese tema al que titulé “Tal vez”. Yo siempre lo había alentado a Marcelo a escribir. Desde que empezó a estudiar y decía que primero tenía que aprender a tocar y después a hacer arreglos. Pero cuando Marcelo finalmente compuso y me dio la oportunidad de escribir la letra de un tango, me paralicé.

Me pasé un año tomando notas, escribiendo, descartando. ¿De qué tenía que hablar un tango ya casi entrando al siglo XXI? ¿Tenía que retomar una senda? ¿Tenía que empezar de cero? ¿Tenía que recrear viejos mundos? ¿Tenía que crear un nuevo universo? ¿Tenía que traducir? ¿Tenía que inventar un nuevo idioma?

No me costó escribir una letra: me costó entender qué era el mundo del tango en esTe mundo que, aparentemente, no era el del tango. No lo era, pero yo pretendía que sí lo fuera. Y Marcelo también. Finalmente, “Tal vez” se convirtió en un tango canción, música de Marcelo y letra mía.

Años después, Marcelo grabó su segundo disco, “Con un taladro en el corazón”. Tocó con su quinteto, al igual que en el primero, “Esquina Buenos Aires”. Y una vez más, los temas fueron instrumentales. Todos no, casi todos: porque en “Con un taladro en el corazón”, Marcelo grabó “Tal vez”, con un cantante que me voló la cabeza.

Desde que nos hicimos amigos, en el centro de estudiantes del Nacional Buenos Aires, Marcelo me dice “Pela”. Cuando me llamó y me dijo que iba a grabar “Tal vez”, me habló con el entusiasmo ansioso con el que nos solemos decir las cosas que nos gustan: “Pela, el tema lo va a cantar un cantaor flamenco que cuando lo escuches no lo vas a poder creer”.

El cantaor era Miguel Poveda. Y sí, me voló la cabeza. Miguel es un genio, uno de los mayores cantantes que escuché en mi vida. Y no exagero ni un poco. Es un intérprete excepcional, un fuera de serie absoluto. Y lo que me alucinó es que cantó un tango. Con su estilo, pero un tango. No lo hizo flamenco.

Nos entusiasmamos tanto que nos pusimos a escribir, pensando en un disco exclusivamente de tango-canción. Ese disco fue “Suburbios del alma”. Y si bien es un disco de Marcelo, también lo siento un disco mío. No sólo porque escribí las 12 letras de las 12 canciones. También me involucré en la producción, tanto ejecutiva (el disco lo financiamos Marcelo y yo, “una producción de Hollywood hecha por dos monotributistas”, era nuestro lema), como artística.

Obviamente, la producción musical es enteramente de Marcelo. Ni hablar los arreglos. Pero yo fui tirando sugerencias. Como cuando le dije a Marcelo que “Nunca juegues al póker con René Lavand” tenía que ser con orquesta típica y con Leopoldo Federico. O como cuando le dije que “¿Cómo sigo?” lo tenía que cantar Martirio.

“Pela, sos un hijo de puta, ¿sabés lo que es escribir para típica?”, me dijo Marcelo. “No, pero si es un quilombo, ponete a laburar ya”, le dije y nos cagamos de risa. El resultado es maravilloso. Y Martirio está gracias a la complicidad de Miguel, que nos pasó el contacto y que ya le había hecho escuchar “Tal vez”, que a Martirio le encantó.

Ese disco se transformó en un trabajo de culto y generó muchas versiones de esos temas. Y permitió que nos transformáramos en una dupla compositiva con Marcelo. Desde entonces seguimos escribiendo muchos temas, siempre a la distancia.

En diciembre de 2016 tocamos por primera vez en Barcelona, en La Iguana. A dúo, con la participación de Gustavo Battaglia en guitarra y de dos cantantes increíbles que suelen cantar nuestros temas: Analía Carril y Ana Rossi. En enero de 2017 repetimos en Barcelona, esta vez en trío junto a Juan Esteban Cuacci en piano.

Y en 2017 grabamos una versión tanguera de L’Estaca, de Lluís Llach. Este tema es el comienzo de un nuevo proyecto juntos, el disco “Tangos de otro mundo”, con versiones tangueras, en bandoneón y voz, de canciones en catalán, euskera y gallego.

Cada tanto nos vemos, cuando yo viajo a Barcelona o él viene a Buenos Aires. Amo esos momentos, en que charlamos, nos ponemos al día, tenemos infinitas conversaciones, estamos en familia. Por suerte, nuestra compañeras se hicieron amigas y nuestres hijes también.

Hay una parte fundamental de mi obra que es la que compartí y comparto con ese artista maravilloso que es Marcelo Mercadante. Pero sería inconcebible entender mi vida sin el amor infinito que me une a mi amigo Marcelo Mercadante.