León Ferrari: acorralar al enemigo

“Estoy tranquilo porque los demonios están de mi lado”, dice León Ferrari y lanza una risita pícara. A los 80 años, el artista plástico vio cómo 35 años después de que Jorge Romero Brest rechazara su obra La civilización occidental y cristiana para exhibirse en el Instituto Di Tella por presiones de grupos católicos, en la sede del Ici (Instituto de Cooperación Iberoamericana) y a poco más de 100 metros de donde estaba el Di Tella, la historia se repitió (casi) como comedia. Aunque hubo momentos de angustia. Sobre todo cuando a fines de mayo un comando anónimo pero católico tiró una bomba de humo en la sala del Ici -que queda un sótano- donde se desarrollaba su muestra Infiernos e idolatrías.

“Yo creo que la muestra es agresiva –admite Ferrari- y tiene dos formas: una es un cuestionamiento a la religión. Pero la religión como promotora de la tortura, como exaltadora del suplicio. Y otra es una crítica a buena parte de la cultura occidental que apoyó esta religión. Es una cultura que ahora, después de tanto tiempo, cuando no comparte la religión como la compartía en la época del Renacimiento o antes, se mantiene en una actitud pasiva frente a esta amenaza del suplicio, que periódicamente el Papa renueva. Frente a esa reiteración de algo que viola todos nuestros principios y los derechos humanos, la cultura se mantiene impasible. No hay una respuesta al Papa: la cultura sólo reacciona frente a las consecuencias de la religión, como el aborto, la represión a los homosexuales, el antisemitismo, el divorcio. La cultura no se mete con la religión. En cambio, en esta muestra y en las cosas que escribo yo analizo directamente la religión”.

Pero analizar la religión

-A mí lo que me llama la atención es esto de que el Papa, por un lado, hable de derechos humanos, de perdonar la deuda externa y de paliar el sufrimiento de un montón de gente, gran parte de esa misma gente mañana va a estar padeciendo en el infierno que él mismo está anunciando. A mí me parece un disparate de tal magnitud que no comprendo cómo la gente se queda impasible. La gente, que reacciona frente a cualquier cosa de Alderete, no dice nada cuando el Papa dice cosas no sólo más crueles, sino… el disparate que dice. Y no pasa nada. Sería bueno que la próxima vez que hable de derechos humanos, el Papa se acuerde de toda esa gente que está en algún lugar, sufriendo. Desde la época de Jesús hasta ahora, hay gente que está sufriendo, ya sea terribles angustias mentales, como dice ahora el Papa, o el fuego, como decía Jesús, antes de ser juzgados. Porque están esperando el juicio final. De modo que, si realmente le interesan los derechos humanos, que los libere por lo menos hasta el juicio final.

 

Para sus obras, Ferrari utiliza reproducciones de los infiernos de Fra Angelico, Giotto, el Bosco o Miguel Ángel y opera sobre ellos. Por ejemplo, pone pájaros vivos para que defequen sobre esas “obras maestras”. O, en un plan aún cargado de un finísimo sentido del humor, utiliza imágenes de vírgenes, santos y Cristos y los hace salir de una tostadora eléctrica, mezclarse de manera promiscua en una licuadora, arder en una olla sobre una garrafa o los transforma en piezas de una partida de ajedrez entre el “bien” y el “mal”. Y hasta se permite una relectura de su famosa obra del 65: la versión 2000 del Cristo gigante crucificado sobre un bombardero norteamericano, muestra al hijo de Dios en tamaño pequeño, de material plástico, crucificado sobre una plancha para hacer bifes.

Durante tres semanas, la muestra Infiernos e idolatrías se desarrolló con total normalidad. Es decir, la gente iba y la veía; a algunos les gustaba y a otros no. Hasta que apareció una nota en el suplemento cultural de Clarín y “se movilizó uno de los sectores que la muestra toca”. Un grupo católico (integrado por religiosos y creyentes de distinta contextura física, patovicas incluídos) se acercó a la puerta del Ici y durante tres días montó una guardia que incluyó rezos, un tacho de pintura tirado en donde se desarrollaba la muestra y la ya mencionada bomba de humo.

“El problema es que los patovicas no son sólo patovicas: son curas y monjas que representan una idea y reaccionan defendiendo su religión –explica el artista-. A ellos les molesta que ponga vírgenes aplastadas por cucarachas, pero no analizan que estoy usando los infiernos de ellos. Yo puse en esos infiernos a los promotores de esos infiernos: Jesús, María y los santos. Y traté de representar en esos infiernos las formas de tortura, de suplicio que imaginó la cultura occidental para castigar a los seres humanos. De modo que la reacción de la religión en cierto modo cumplió el objetivo de la muestra, porque mi propósito era protestar contra el infierno. De modo que si me tiran una bomba de gas al infierno -que comparada con el infierno que ellos imaginan es muy poquito- ellos están colaborando con este clima infernal”.

-Están completando la obra…

-¡Claro! Esto es como si alguien, frente a un cuadro, le agregara un poco de rojo y acertara. Un tipo sagaz, inteligente, que sabe de infiernos hace lo que hicieron estos tipos.

-O sea que tu forma de accionar es más cultural que artística en este tipo de obras. Porque vos llamás la atención sobre un hecho cultural, el mensaje está por delante de cualquier pretensión artística.

-A mí lo que me interesa es decir lo que pienso y uso el arte para eso. Para mí es un medio. Una parte. Porque, por otro lado, hago dibujos y esculturas porque sí, porque me gusta, sin ninguna otra intención. Uso el arte para decir cosas sobre la religión y sobre la cultura. De modo que suponía que, además de sectores creyentes, tendrían que reaccionar los sectores culturales. Por eso me interesa mucho la reacción de Cipollini (un crítico que escribió en la revista de arte Ramona un comentario despiadado sobre la muestra de Ferrari): porque la tuve pocas veces. Otra vez, cuando participé en una muestra en la Fundación Banco Patricios, alguien también me puteó. Pero de un forma más poética. En cambio la de Cipollini me parece una prosa muy pobre.

-Pero no es lo mismo la reacción de un crítico que la de los creyentes. Los que tiraron la bomba estaban heridos por la religión y Cipollini estaba…

-…herido por la cultura.

-¿Es lo mismo?

-No, no es lo mismo.

-Imaginemos que por una circunstancia muy azarosa te declaran propietario de un infierno de Miguel Ángel. ¿Lo harías cagar por palomas?

-No, yo no lo toco. Pero lo que pasa con los cultos es que sólo ven la belleza de un cuadro de Miguel Ángel, y no ven el aspecto ético. A mí me gusta mucho Miguel Ángel. Pero analizo por un lado el aspecto estético y por otro el aspecto ético del arte. Y lo de las palomas lo hago con reproducciones y lo haría así aunque me dieran el cuadro. Pero los que estaban ahí no eran sólo patovicas: también eran curas, monjas y gente que cree en la bondad de su religión y que si a uno lo golpean en una mejilla tiene que poner la otra. Pero la otra mejilla es con gases asfixiantes. Porque la otra mejilla de Jesús es la puerta del infierno. Él dice “si no crees que yo soy el hijo de Dios, te vas al infierno”, esa es la otra mejilla de Jesús. Y lo dice cuando lo contradice al padre, que plantea el “ojo por ojo”. Yo prefiero el ojo por ojo y no poner la otra mejilla.

-¿Qué diferencia ves entre los dos episodios: el 65 y la prohibición de La civilización occidental y cristiana en el Di Tella, y lo que pasó con Infiernos e idolatrías en el Ici?

-A mí me interesa mucho más este. Aquel episodio fue en el 65, fue en el momento justo de la guerra, que a mí me conmovió mucho y pasé mucho tiempo pensando en qué forma podía expresarme. Pero la reacción fue puramente en el plano de la cultura, en el lugar tope de la plástica y de la cultura en ese momento, como el Di Tella. Yo supongo que Romero Brest -a quien yo, de todos modos, respeto mucho- habrá tenido presiones de sectores de la religión, pero la reacción fue dentro del ámbito de la cultura. Y, además, no pude mostrar la obra. En cambio en el Ici tuvo la gente ahí adelante, tuvo tres días de manifestaciones enfrente y tuvo lo de la granada, que en un sótano es feo. De modo que yo estoy muy conforme con Laura (Bucellato) y Tono (Martínez) porque me admitieron sin ninguna clase de limitaciones con las obras, que yo creía que no se podían exponer. Cuando fue lo de las granadas yo les dije “miren, si quieren levantar la muestra, levantenlá, porque esto puede ser peligroso y la gente que trabaja acá no tiene por qué responder por cosas que hago yo”. Y ellos se las ingeniaron para seguir con la muestra hasta el día que cerraron, aunque cada día se ponía peor la cosa con los rezos y todo eso. Así que esa es la diferencia, a favor del Ici.

-Una gran diferencia entre una y otra muestra es que en el 65 tu obra política tiene un contenido trágico. En cambio la muestra del Ici tiene mucho humor.

-Sí, bueno, además tiene 35 años de seguir trabajando una misma idea. Esta muestra es lo mejor que hice. Logré expresar lo que quería, sin limitarme. Porque a mí me costaba mucho. Yo me acuerdo la primera vez que hice un collage, que le puse a Cristo un demonio en la cabeza y me costó. En cambio ahora ponerlo en una trampa de ratas fue fácil (risas).
-¿Qué pasa con tu otra obra y cómo conviven las dos cosas?

-Hay mucha gente que critica a la gente que, por un lado, hace obras de denuncia y, por otro, «de escapismo», como se decía antes. A mí no me preocupa, en absoluto. A veces tengo ganas de ponerme a escribir o a desarrollar una idea sobre el tema religioso y otras tengo ganas de agarrar un lápiz o unos pasteles y ponerme a dibujar. Me gusta mucho dibujar.

-Es lo primero que hiciste dentro del arte, ¿no?

-Sí, y lo hice desde el 55 hasta el 65. Diez años desde que empecé a hacer arte. Y no tenía preocupaciones de expresar otra cosa. De repente apareció esto de la guerra, y de los diarios que publicaban información sobre la tortura como si fuera un partido de fútbol.

-¿Y la religión cómo surge como tema?

-Bueno, porque era la civilización occidental y cristiana la que bombardeaba Vietnam. Como yo tenía formación religiosa, empecé a leer La Biblia y empecé a ver que se trataba de una especie de antología de la crueldad, disfrazado de bondad. A partir de esas lecturas compuse el collage literario Palabras ajenas, en el que trabajé mucho. Porque si una persona le da limosnas a la gente, pero al mismo tiempo mata y tortura, lo que vale de esa persona son sus crueldades, no sus bondades. Hay unas fotos de Hitler con niños que son conmovedoras. Así que en ese sentido soy totalmente libre: cambio de materiales y de temas sin ninguna limitación.

-Cuando surge tu preocupación por la religión y la tortura, ¿retomaste algo de tu formación religiosa?

-No, lo que yo retomé es el terror al infierno que tenía cuando estaba en el colegio, con los jesuitas.

-¿Vos sentías ese temor?

-Claro. Después leí el libro de Joyce, Diario de un artista adolescente. Mi formación religiosa me sirvió mucho porque lo viví de adentro. Yo me doy cuenta de que mucha gente no le da ninguna importancia a la religión, porque como no creen (como Cipollini), no importa. Y sí, importa. No es un problema de que uno crea o no crea. Es un problema de qué genera eso que creen los otros.

-Mirá lo que pasa ahora. Están por tratar en estos días la ley de procreación. Y hay manifestaciones en contra. Entonces hay que decirles: «Señores: hagan ustedes con su concha lo que quieren y dejen que los otros hagan lo que quieren». Pero no, ellos tratan de imponer cosas y parece la época del medioevo. Y eso tiene que ver con el Papa. Pues bien, para la cultura no. Se ocupan de algunas cosas y no de otras. Entonces lo que hago es tirar piedras de distintas formas. Estoy por hacer algo en teatro, publiqué algunos poemas, escribo artículos… son distintas formas de acorralar al enemigo.

-¿Sentís que hay algo de desahogo personal por haber sufrido mucho con la religión durante tu juventud?

-En aquella época la sufrí. No exageradamente, pero la sufrí. Esta muestra me dejó satisfacciones.

(muestra la pila de mails)

-¿Y qué pasa con tu otra obra? ¿No tenés miedo que después de lo del Ici, cuando hagas una muestra con tus esculturas abstractas, por ejemplo, la gente piense que te ablandaste, que no protestás más?

-No, porque es algo que desarrollo paralelamente. Seguramente alguien criticará, pero eso no me preocupa. El año pasado expuse algo… aunque siempre meto algún ingrediente. Por ejemplo, el año pasado hice una muestra (en Filo) que se llamó Escrituras, que recopiló todo lo que yo hice con la escritura. Y dentro de la muestra había algunas escrituras blasfemas.

-¿Vos empezaste dibujando?

-Yo era ingeniero y estábamos en Italia, en 1955. Había hecho algunas cosas, antes, algunas esculturas. Y me quedaba un mes más antes de volverme de Italia y fui a un taller de un siciliano que era escultor. Y me agarré tal pasión por la arcilla que me quedé un año trabajando allá. Tenía un taller de diez metros por diez, en una vieja fábrica y tenía la idea de quedarme y trabajar como escultor. Pero me volví y seguí trabajando como ingeniero y, paralelamente, haciendo arte. Trabajé muchas técnicas: arcilla, madera, cemento, en el 59 empecé con los alambres y en el 62, de nuevo en Italia, con el dibujo. De ahí seguí en el 64, cuando hice una muestra, y en el 65 hice el avión. A partir de allí hice muy pocas cosas, todas de arte político, hasta el 75. Es decir, estuve diez años participando sólo en manifestaciones políticas. Bueno, habré hecho algunas cositas para mí, ¿no? Y recién me puse a hacer arte no político en Brasil, cuando me fui en el 76. Y me puse a hacer las mismas esculturas que había abandonado, para ganarme la vida. Imaginate, yo, con 56 años, no podía conseguir laburo como ingeniero. Entonces me puse a hacer eso: dibujos y esculturas metálicas. Y vendía. No era una maravilla, pero íbamos tirando.

-¿Y como ingeniero dónde trabajaste?

-Primero, en una fábrica de celulosa, Celulosa Argentina, siete años. Era ingeniero industrial, así que después puse un laboratorio con un hermano mío y un socio en el galpón de mi casa en Castelar y trabajábamos con cuatro productos muy raros: tucteno, tantanio y ma,,,.

-Y en los diez años que sólo hiciste arte político (65-75), ¿cómo reaccionaba el público?

-Trabajé sobre todo en muestras colectivas.

-¿Como Tucumán arde?

-Claro, ahí lo que hice fue una recopilación de artículos sobre la represión en Tucumán, a los cuales fotografié. Y además hice un resumen de 70 páginas de esos artículos, como un dossier con información. Y en el 71 expuse ahí donde ganó (Ignacio) Colombres. Fue un salón en el que logramos controlar el jurado. Estaban Yuyo (Noé), Vicente Zito (Lema), (Ricardo) Carpani y yo mandé un papel en blanco, diciendo que era un diario mural donde escribir denuncias sobre torturas. Pero estaba presentado muy roñoso y no lo pudieron defender. Esa obra la perdí, pero por suerte Vicente la reprodujo en la revista Hombre nuevo y tengo la hoja.

-¿Y no había reacciones de grupos católicos, como pasó ahora en el Ici?

-No. Lo único que yo recuerdo como esto es lo de Mónica (…) en Rosario, que juntó mil y con un arzobispo. Ahí me ganó. Aunque yo le gané con lo de la granada.

-En el 76 te vas a Brasil…

-En una semana nos fuimos nueve personas: mi mujer y yo, nuestros hijo e hija con sus mujer y esposo y cada uno con una hija y la novia de Ariel, del chico que se quedó acá. Y nos fuimos a Brasil porque allí estaba Ruth Barsavsky, la mujer de Oski. Y llegamos y no nos fuimos a una playa, porque se podía alquilar una casa por mes y pensábamos seguir para otro lado. Teníamos tres casas. Y al final nos quedamos y nos alquilamos una casa en San Pablo. Mi hijo es matemático y enseguida consiguió trabajo en la facultad, mi hija enseguida consiguió una beca, mi yerno también. Y yo enseguida empecé a dedicarme al arte. En cuanto llegué, en la misma pensión donde estábamos me puse a hacer una escultura con alambre que tiene mi hija. Enderezaba el alambre con la mano. Porque el alambre viene enrollado y se endereza con una maquinita. Después tenía un taller. Me acuerdo que fue (Miguel) Briante.

-¿Y ahí abandonaste el arte político?

-Al principio sí. Participaba en actos y esas cosas, pero no me salía. Además estaba muy apretado con el asunto de sobrevivir. Pero al poco tiempo retomé hice una Biblia para herejes, repetí la experiencia de los collages literarios con una cosa que se llamaba La basílica. Me adentré más bien en la crítica religiosa. Participé en algunas manifestaciones, hice cartelones para marchas de la izquierda en Brasil, pero trabajé sobre todo en la crítica a la religión. Hice muestras. No le gustaba a la gente. Ni a mis amigos brasileños les gustaban las obras religiosas. Pero hacía muchas esculturas, que sí les gustaban. Y allá, además, hay mucha poesía visual y existe mucho contacto entre los artistas plásticos y los poetas concretos. E hicimos muchas experiencias conjuntas, sobre todo con técnicas. Claro, trabajaba nada más que de eso, así que para mí, en cuanto al arte, estuvo bueno.

-¿Te interesa usar nuevas técnicas y, sobre todo, la computadora para hacer, por ejemplo, los collages? ¿Nunca usaste el photoshop?

-No. La computadora la uso mucho para escribir. También uso el correo electrónico. Pero me cuesta. Con la computadora yo, si no tengo todo anotado, no sé qué significa cada cosa. O me olvido. Entonces ponerme a usar el photoshop es mucho trabajo.

-¿No es que, en el fondo, pensás que el collage sigue teniendo algo de artesanal?

-No, es que me cuesta. De todos modos, el collage me interesa mucho. Uno puede hacer un dibujo como ilustración del Nunca más, por ejemplo. Porque esa figurita de un diablo o un santo que usás para un collage tiene encima la carga de todos los que adoraron esas figuras. Si yo dibujo una virgen es una cosa. En cambio si yo agarro una virgencita de una santería y la agujereo estoy agujereando el objeto de devoción.

-No es que te gustaría pintar como Mantegna y hacer un Cristo realizando sexo oral…

-No. Por ahí sí me gustaría pintar bien, pero para hacerle un retrato a mis nietas, nada más.

 

 

-Vos fuiste productor de La primera producción de Buenos Aires (de Fernando Birri, con un dibujo de Oski). ¿Cómo fue eso?

-Nosotros, cuando estuvimos en Italia con Alicia (su mujer) vivimos un tiempo en un instituto ítalo argentino de intercambio cultural, en Roma. Y ahí cayó un montón de gente «del ambiente»: María Rosa Gallo, la Pasano, el colorado (Jorge Abelardo) Ramos, (Fernando) Birri, el viejito Rossi, una cantidad de gente. Y yo me hice amigo de Fernando y cayó Oski, que no vivía ahí, pero cayó porque la mujer de Oski era amiga de un amigo. Y de ahí surgió el proyecto de hacer alguna cosa juntos. Y la terminamos en casa, en Castelar. La película está hecha con un cuadro que tiene un metro por 70 y con unos amigos armé un aparato que se movía con dos manijas, con dos personas adelante para que estuviera en foco, porque no había autofoco en aquella época. Y yo junté plata entre amigos. Perdimos todos, por supuesto, un desastre económico. Pero sacó varios premios. Fue a Cannes, pero creo que fue un error mandarla con una mala traducción al francés. Entonces no tuvo buena repercusión en Francia. Pero estuvimos en Cannes.

-Y a partir de ahí te hiciste amigo de Oski…

-Sí. Lo conocí en el 63. Y él tenía ese problema de que el medio artístico considera al humor como una cosa secundaria. Y yo pienso que no, que tiene un poder de síntesis impresionante, que muchos artistas envidiarían. Rep tiene cada cosa… el otro día sacó un dibujo de una villa miseria… pero claro, lo tienen ahí, es una cosa que sale todos los días…

-¿Y Oski quería ser reconocido por su obra «seria»?

-Claro, porque él pintaba. Y sus cuadros no eran malos, pero no tenían nada que ver con los dibujos.

-¿Y qué te dijo Oski cuando te dedicaste al arte?

-Él tenía un humor muy penetrante y lo hacía como sin darse cuenta. Oscar tiraba sus dardos y hacía un ejercicio de humor con cualquier cosa. Pero conversando, ¿eh? Una vez me contó una cosa que siempre cuento y que para mí define al artista. No sé si pasó de verdad o fue un invento de él. Decía que un día él estaba en su taller y vino un amigo. Oscar le preguntó: «¿Dónde estuviste?» «En la muestra de fulano», le contestó. «¿Y, qué tal?», quiso saber él, y su amigo concluyó: «Nada por qué preocuparse.»

 

 

(La Maga, junio de 2000)