Jorge Drexler: Cosmopolita y regional

Jorge Drexler es uruguayo, hace y canta canciones y, aunque reside en Madrid, trata de volver a su Montevideo natal al menos tres veces al año, porque cree que es allí donde se nutre su música. He aquí la historia de una de los grandes cantautores en castellano de la actualidad, que dejó atrás una carrera de médico y admira por igual a Zitarrosa y Massive Attack, a Beck y a Yupanqui, a Portishead y a Jaime Roos.

 

-¿Tienes algo que hacer aquí en Montevideo? -le preguntó Joaquín Sabina.

-No -mintió él.

-Pues entonces, vente pa’ Madrid.

Era fin de 1994. Jorge Drexler acababa de tocar como soporte de Sabina en un show en el Teatro de Verano de Montevideo y, en realidad, sí tenía unas cuantas cosas que hacer en su ciudad natal: hacía un par años, en 1992, se había recibido de médico y ese mismo año había sacado su primer disco, Llueve, en la compañía discográfica uruguaya independiente Ayuí. Desde entonces alternaba entre un trabajo vocacional, no profesional, y su trabajo (remunerado) en una clínica, como ayudante de cirujía en otorrinolaringología, junto a su padre y a su madre, también médicos, también cirujanos.

“En el momento en que decidí irme a España dejé todo: la práctica, la clínica, el título, mi apartamento… fue un quiebre personal muy grande -reconoce-. Estaba haciendo el posgrado en otorrinolaringología y al mismo tiempo tocaba. Tenía dos vidas en aquella época y decidí tener una, que fuera la música. La música la practico mucho antes que la medicina. Empecé a los cinco años a estudiar música y medicina a los 18. Pero llegó un momento en que empecé a sacar discos”.

 

Músico de culto

 

Drexler se fue a Madrid por un mes en 1995 y desde entonces vive allá: “Apenas llegué, Joaquín me sacó de gira. Hice un mes de gira con él tocando dos canciones en medio de su show. Y ahí estalló todo en un mes, porque conocí a Víctor Manuel y me encargó una canción para el disco Blanco y negro, que hizo con Pablo Milanés, la canción que le dio nombre al disco. Y yo recién había llegado. Me encargó una canción Ana Belén. Miguel Ríos (que acá no es muy conocido, pero en España es todo un personaje) me grabó dos temas en un disco suyo… Firmé contrato con una editorial, porque claro, tenía canciones que después estuvieron en El gusto es nuestro, canciones que se movían mucho. Y enseguida firmé contrato con una discográfica, con Virgin, y seguí mi carrera discográfica. Seguí sacando tres discos más”.

En poco tiempo, Jorge Drexler se transformó en un músico de culto entre los músicos en España. “Cuando recién llegué todo el mundo empezó a pedirme canciones -reconoce-. Y la verdad es algo de lo que estoy muy orgulloso. Había como un aura de que lo que yo hacía estaba hecho con cariño y que eran canciones que funcionaban”. Lo cual le permitió escribir para Neneh Cherry, por ejemplo, una adaptación al castellano de la canción Woman, que grabó en Londres junto al guitarrista flamenco Tomatito. O retomar su interés por la música instrumental y escribir bandas sonoras para películas. En España hizo unas cuantas y en la Argentina escribió la música incidental del film Botín de guerra, de David Blaustein.

Pero, según él, lo más interesante fue ponerse en contacto con artistas flamencos como Rosario, Alba Molina o el grupo flamenco pop Ketama, para quienes escribió dos letras: “Me gusta mucho trabajar con los flamencos. Me gusta particularmente porque tienen una visión de la raíz parecida a la que tenemos en Montevideo. Siempre nos interesa que se nos note el plumero musical, de dónde venimos. Lo reconocés instantáneamente eso. Por ejemplo, Kiko Veneno tiene un montón de equivalentes en Montevideo. Es la misma historia de la interacción entre una parte marginal de la sociedad y con mucho arraigo y una generación que viene más del rocanrol y de la música beat, pero que ve una veta de autenticidad no conseguible mediante la copia del esteroetipo inglés o norteamericano”.

 

Explícito

 

Si bien esa búsqueda de la raíz estuvo siempre entre sus preocupaciones, en Frontera la búsqueda se hace mucho más explícita. En los discos anteriores de Drexler uno podía intuir que el tipo era uruguayo por lo inclasificable que resultaba su trabajo. Y se sabe que cuando un autor escribe canciones sin importarle si alguien las va a escuchar o no y sin prestar ninguna atención al mercado discográfico, hay dos opciones: o viene de otro planeta o es uruguayo. En cambio, Frontera tiene murga, tiene candombe, hay un sample de un tema de Jaime Roos y participan como invitados Ruben Rada y dos de los guitarristas del cuarteto que acompañaba a Alfredo Zitarrosa, que tocan un riff típicamente “zitarroseano” en el tema Alto el fuego.

“Los discos anteriores, especialmente Vaivén, son más sutiles, más estilizados -admite Drexler-. Hay una estilización del folclore, tocado por un baterista de jazz con escobas, que no tiene la tímbrica del folclore aunque sí algunos patrones rítmicos, y un contrabajista, que es español y habitualmente toca en discos flamencos. Es decir, había una mezcla de mundos. No me interesaba algo explícito, al contrario, me interesaba lo intangible del folclore, lo sutil, el perfume: una especia del folclore en mi música. Y después todo se volvió más explícito: los textos y la música, cuando lo más aconsejable para el mercado español hubiera sido que hubiera seguido por un camino más implícito y me hubiera fusionado con la nueva generación de cantautores. Pero a mí hay algo de la crudeza de la música del momento (de la banda sonora del 99/2000, es decir, Beck, Tricky, Massive Attack, Portishead), una crudeza en el material sonoro que pegaba con la crudeza del trato regional que yo quería buscar”.

Es decir, lo que él llama “la curiosa interacción entre lo arcaico y lo nuevo”: “Me interesa mucho lo arcaico. No sólo el candombe beat, del cual soy heredero, sino más atrás: Zitarrosa, Yupanqui. Me gustan muchísimo. Por eso me sorprendí tanto al escuchar a Beck por primera vez. Porque el tipo suena a lo más viejo de Estados Unidos y a lo más nuevo del procesamiento del audio y de la estética de la Costa Oeste. Los samples que utiliza en su música él o Portishead o Cypress Hill son de la misma época que Yupanqui o Zitarrosa. Me fascinó esa relación de cosas viejas ordenadas de una manera nueva. De ahí sale un poco el concepto del último disco. Yo antes trabajaba con un formato más tradicional con el estudio de grabación, de ir los músicos, ensayar y grabarlo. En cambio este disco se hizo de una forma totalmente distinta. Cambió mi rumbo musical hace dos años de una forma casi dramática”.

 

Sin artificios

 

De todos modos, Drexler aclara que al encarar estas búsquedas se cuidó muy bien de no caer en artificios modernosos: “Todo el tiempo con Juan Campodónico y Carlos Casacuberta (ex guitarristas de El Peyote Asesino y co productores del disco, junto a Drexler) tratamos de no perder los estribos. Estamos fascinados con el Acid, el programa de compaginación de loops, buenísimo, lo usamos en dos o tres canciones, pero no queríamos hacer un museo: queríamos hacer un disco. Y, por sobre todo, no queríamos el nuevo Jorge Drexler. Simplemente, tenía más cosas musicales que decir. Pero hay una idea de que el clima esté al servicio de la canción y no la canción al servicio del groove, que era una de las disyuntivas que teníamos. En ese sentido, es un disco que me abrió muchas perspectivas, pero sigue siendo un disco de canciones”.

-Sí, pero, ¿sigue siendo un disco de canciones escritas en la guitarra?

-Bueno, ya empezaron a haber algunas que no. Memoria del cuero es una canción escrita en el recorte y pegue digital, en el collage. Una canción en la que primero sale el groove, después escribo la melodía y la guitarra viene después, al revés de lo que hacía siempre. Otras cambiaron mucho, como Princesa bacana. Pero el resto surgieron de la guitarra. Tengo una especie de asociación entre escribir algo en un papel y tener la guitarra a mano, aunque no la toque. Si, por ejemplo, Ketama me encarga una letra, la saco en la guitarra, aprendo a tocarla, me paso un día entero tocándola hasta que sé bien la melodía que me pasaron y después me siento, con la guitarra, a escribir la letra. Tengo un disparador de una idea de texto vinculada con la canción. Leí que a Chico Buarque le pasa lo mismo. Para mí Chico Buarque es el tipo que escribe los mejores textos de canciones y él dice que es incapaz de escribir un texto sin una música.

 

Contacto permanente

Aunque vive en Madrid, Drexler cuenta que se mantiene en “contacto permanente” con Montevideo, lo cual significa que viaja a su ciudad natal entre tres y cinco veces por año. “Me preocupé por mantenter un nexo: me interesaba tanto afectiva como artísticamente. Porque hay cosas que son muy importantes para mí que tienen que ver con el sonido montevideano. Es una de las partes de mi música. La otra parte es más cosmopolita, y eso es Frontera se ve más claro. Por eso el concepto de frontera, de límite entre dos cosas. Y esas dos cosas son casi siempre bloques antagónicos que, espero, lleguen a determinado equilibrio: lo regional y lo cosmopolita”.

Algo así como un yin y un yang que podría redefinirse como una relación amor-odio con su ciudad: “Yo me voy de Montevideo y estoy permanentemente pensando en volver. Hay una canción que cierra el disco Llueve, que se llama, precisamente, Montevideo, y dice: ‘Yo tengo pintada en la piel/ la lágrima de esta ciudad/ la misma lágrima que te da de beber/ es la que te hace naufragar’. Creo que, a raíz de que no ha habido una industria discográfica poderosa, ha habido dos cosas muy interesantes en Montevideo: una, la solidaridad entre los músicos. Yo grabé dos discos allí sin que nadie cobrara. La gente toca por amor al arte y eso es algo que no encontrás en ninguno de los lugares en que estoy tocando habitualmente”.

“Y la otra cosa linda -continúa Drexler- es que hay una identidad, hay algo que decir que no se dice en ningún otro lugar del mundo. Y esa identidad no es marginal, como puede ser en el mundo joven la función del tango aquí en la Argentina. En Montevideo hace años que el candombe beat y la murga beat están integrados al pop, hay una convivencia y una promiscuidad musical alucinantes. Está lleno de cuerdas de tambores y ya está habiendo DJ’s que mezclan candombe con programaciones. Todo eso es fermento para futuras generaciones de músicos. Ese es el lado lindo de la cosa. El lado feo es que en el aspecto económico: los músicos en general viven de otra cosa y muchos no tienen siquiera instrumentos. A veces te parece estar en Cuba. En cambio en España todo el mundo tiene su estudio en su casa, y te rompe un poco las pelotas eso. Pero bueno, son los dos lados del mismo fenómeno”.

-¿Qué artistas uruguayos te gustan?

-Aparte de las generaciones antiguas, como Zitarrosa o Mateo, me gusta mucho Jaime (Roos), me gusta mucho Fernando Cabrera y me gusta mucho Leo Maslíah.

-Me parece que si bien Frontera se acerca mucho a los cruces que hizo Jaime Roos hace 15 o 20 años, tus discos anteriores se parecen mucho más a Fernando Cabrera que a Rada, Mateo o Jaime Roos…

-Sí, es verdad, tienen muchísimo de él. La gente no lo reconoce habitualmente, y yo soy el primero en reconocerlo. Sobre todo el primer disco mío tiene mucho del toque de guitarra de Cabrera, es decir, de la escuela intimista del candombe. Cabrera es genial. Y a veces me parece un poco injusto que no se lo conozca mucho. Porque la gente ya se dio cuenta de que Jaime, Maslíah o Rada son geniales. Pero Cabrera no, y Cabrera es un grande, enorme. Yo lo escucho todo el tiempo. Luego, de las cosas nuevas, me gusta Martín Buscaglia, me gusta mi hermano Daniel, que está por sacar su segundo disco, me gusta la banda de mi otro hermano, que se llama Cursi. Me gusta Samantha Navarro, sobre todo ella sola con su guitarra.

Por eso Jorge Drexler pasa largas temporadas en Montevideo. Y por eso vive en España. Entre el Volver de Gardel y el Vente pa’ Madrid. El de la canción de sus amigos de Ketama, pero también esa frase que le dijo Joaquín Sabina una noche de diciembre del ’94 en el Teatro de Verano del Parque Rodó.

 

 

(La Maga, junio de 2000)