Hijos de Pity

En 1909, el poeta italiano Filippo Tommaso Marinetti publicó el Manifiesto futurista, primer manifiesto artístico del siglo XX. Lo publicó en francés, en el diario Le Figaro, en París, entonces epicentro de la vanguardia artística europea y occidental. El futurismo dio comienzo a un montón de ismos (dadaísmo, surrealismo, constructivismo, etc) que, a diferencia de otros ismos pictóricos, musicales o literarios, iban a abarcar todas las artes. Y también la política.

El Manifiesto futurista no sólo inaugura el formato de texto-guía de la vanguardia artística, siguiendo el ejemplo de lo que había sido, en 1848, el Manifiesto del Partido Comunista, escrito por Karl Marx y Friedrich Engels. El texto de Marinetti representa también, como ningún otro, las contradicciones profundas que encierran las vanguardias.

¿Hasta dónde lo revolucionario es realmente revolucionario? ¿Cuándo la defensa de esa revolución se vuelve conservadora? ¿O será que la revolución precisa un determinado orden que, si se torna demasiado estricto, se corre el riesgo de volverse reaccionario? Todas estas preguntas son intrínsecas y constitutivas de las vanguardias. Pero el futurismo fue más allá, desde su fundación.

El manifiesto de Marinetti hablaba del “desprecio a la mujer”, de la “purificación de la guerra” y de “destruir los museos”. Además de unas reglas muy precisas sobre cómo se debía concebir el arte. Las cuestiones estéticas tenían que ver con una lectura política extremadamente autoritaria. Por eso no sorprendió a nadie que, años después, Marinetti terminara siendo primero, simpatizante fascista. Y finalmente, funcionario de Mussolini y poeta oficial del régimen.

Como sucede con las vanguaridas artísticas, suele asociarse al rock con la contracultura, con lo contestatario y con lo disruptivo. No se trata de discutir aquí los alcances de la relación entre arte y mercado. Ni en la vanguardia ni en el rock. Hablo de aquello que es constitutivo de estas expresiones, al menos desde la teoría.

Si hay algo que debemos reconocerle al futurismo es haber sido claro desde el comienzo. Si bien se presentó como vanguardia, no ocultó nunca su vocación opresora.

Se sabe: una cosa es Ricardo Iorio diciendo barbaridades desde la marginalidad más absoluta, y otra bien distinta es transformar esas barbaridades en política de Estado. Del mismo modo, no es lo mismo un poeta italiano marginal publicando un manifiesto artístico en un diario, que ese mismo poeta dándole soporte teórico y estético al Duce.

La irrupción de la cultura rock permitió visibilizar determinados valores que estaban por fuera de la moral burguesa: el uso de drogas, el libre ejercicio de la sexualidad, la ruptura con toda idea de uniformidad estética, el desprecio por la sociedad de consumo. Sin embargo, como sucede muchas veces con los ideales, las cosas, en la práctica, se presentaron de otro modo.

Las drogas se volvieron un territorio de autodestrucción más que de introspección; la ruptura con la uniformidad estética derivó en el establecimiento de otra uniformidad estética; y esto último derivó no en el fin del consumismo, sino en un reemplazo de consumos.

En cuanto a la pretendida libertad sexual, el sistema de idolatrías por las nuevas estrellas de la contracultura hizo que la libertad sexual fuera una potestad de los nuevos monarcas. Que, como en toda sociedad machista, eran hombres. Si la mujer quería participar del festín, podía hacerlo como groupie.

En los últimos tiempos, el rock argentino se cayó a pedazos. Si Cromañón marcó el fin de una forma de producción y también de una poética, lo que vino después tuvo que ver con la caída del patriarcado. Y, por ende, del patriarcado del rock. Muchos rockeros pasaron a ser noticia por denuncias de acoso y abuso sexual, por violaciones o por apología de estos hechos aberrantes.

La caída del rock tiene que ver con muchas cuestiones. Pero hay una no menor que en general se pasa por alto: el hecho de que aparezca un elemento más disruptivo, algo que “lo corra por izquierda”, por decirlo en términos tradicionales. Uso el término adrede, como una forma de cuestionar las nociones tradicionales de izquierda y derecha.

El feminismo vino a correr por izquierda al rock. ¿El rock es de izquierda? ¿El feminismo es de izquierda? No. O no necesariamente. Digo que el feminismo corre al rock por izquierda porque lo cuestiona, señalándole aquello que se suponía que el rock era pero no fue. Aquello que el rock venía a representar desde el ideal, pero que dejó de hacerlo desde que se burocratizó.

En un panorama donde el rock argentino sólo es noticia por las denuncias de violencia hacia la mujer, el caso de Pity Álvarez no deja de llamar la atención. Pity mató a una persona de cuatro balazos. Y esa persona no es una mujer, sino un hombre. Fue homicidio, no femicidio. Un gran avance para el rock argentino, tal como están las cosas.

Pity forma parte del zoológico del rock. Pity, como pasa con Iorio, es un rockero que es conocido por fuera del rock. Pero no por su música, sino por lo que dice o lo que hace. Más aún: por el imaginario que esto genera.

Anoche, en su programa Periodismo Para Todos, Jorge Lanata emitió una entrevista que le hizo a Pity Álvarez. Muy buena entrevista, hay que reconocerlo. Allí Pity habló de la vida, de la muerte, de que no se veía en ningún lado dentro de 20 años porque seguir 20 años en este mundo le parecía demasiado. Habló también de su formación católica, de una nueva idea de Dios y de sus ganas de trabajar en la NASA.

El detalle es que la entrevista a Pity era del año 2012, el primero de Lanata en Canal 13. La sensación que daba era la siguiente: en su momento Lanata creyó que aquello era un buen material periodístico porque el personaje lo era. Pero al no tener un anclaje en la agenda cotidiana, no daba para transformarse en una nota para el programa.

Anoche, seis años después de que hizo la entrevista, la coyuntura acomodó las cosas. Y entonces Lanata puso al aire su entrevista con Pity. Una entrevista que no tuvo el clásico formato del periodismo amarillo que busca en Pity el detalle macabro. Se habló de drogas, claro. Pero se habló de consumos, de malos cortes y la diferencia entre tomar y fumar. Pero de lo que no se habló fue de música, de arte.

La entrevista a Pity Álvarez en PPT dejó en evidencia cuáles son hoy los nuevos tabúes: se puede hablar de la muerte, se puede hablar de drogas, se puede hablar de todo aquello que, se supone, es macabro. De lo que no se puede hablar es de arte. Para un artista lo que importa es ser un personaje. Y si es un personaje autodestructivo, mejor.

Los periodistas entrevistan a Pity por el personaje que es. Pero Pity jamás sería ese personaje si no fuera músico, si no fuera un artista. Un buen artista, un tipo con una poética cruda, de barrios bajos, de marginalidad. Un artista al que le creés todo.

¿Por qué nos fascinan tanto esos personajes? ¿Por qué tenemos más avidez por consumir el personaje Pity que el artista Pity? ¿Cuál es el gusto por el morbo? No tengo idea. Pero intentaré ensayar algunas posibles respuestas.

Los artistas son aquellas personas que nos enseñan lo imposible. Que nos hacen conmover porque nos activan sentidos que sólo los humanos podemos decodificar. Porque saben activar mecanismos de sensibilidad colectiva construidos socialmente pero decodificados de manera individual.

La capacidad de los artistas para decodificar la abstracción para generar sentimientos concretos aunque intangibles, los vuelve mágicos. Y esa magia los transforma en seres capaces de vivir una vida que pocos se atreven a vivir. Las cosas se vuelven públicas porque hay un público esperando ver cómo lo hacen de nuevo. Y si no son capaces de hacerlo, ver cómo caen. O sea, nos confirman que son humanos.

Conversé muchas veces con Pity Álvarez hace 15 años, para una extensa entrevista para la edición argentina de la revista Rolling Stone. En ese momento (julio de 2003), Pity tocaba con su banda Intoxicados. Fue la primera entrevista larga que le hacían en esa publicación, así que pasé con él varias tardes y noches.

Estuve en la casa de Pity, en la sala de ensayo, en un par de shows y en el estudio donde estaban grabando el disco No es solo rocanrol. Una tarde fui a la sala de ensayo y Pity estaba durmiendo en una alfombra mugrienta, acurrucado junto a dos chicas y a un perro. Durmió 15 horas seguidas, luego de pasar cinco noches sin dormir.

Cuando se despertó, saludó y, medio dormido, agarró una pipa de agua hecha con una botella de plástico de Coca-Cola de 600cc, la prendió, fumó un poco de crack y se fue a ensayar. Pity me convidó vino, café, porro, lo que quisiera, menos crack. “Es una porquería”, se excusó, casi con vergüenza.

Pity podía haber tomado cocaína. Pero prefería fumar crack. Para aclarar: la cocaína es una droga. Que, como es ilegal, puede venir cortada. Pero es una droga. El paco (o crack, o pasta base), en cambio es basura. Llamar droga al crack es como llamar comida a esos restos que tiran todas las noches las cadenas de comidas rápidas. Hay gente que fuma crack, como hay gente que come esos restos. Pero eso no es comida, es basura. Lo mismo pasa con el crack.

En su casa, Pity me mostró un pote de queso blanco todo verdoso, lleno de hongos, que tenía en la heladera. Y me contó que lo mezclaba con fideos o con arroz y que lo comía porque le permitía crear anticuerpos.

El crack, la comida podrida, el agua de la zanja que decía que tomaba, todo eso forma parte del mito fundante de Pity como personaje. No del rock, sino del circo del rock. O del circo a secas. Del morbo freak que alucina a una televisión que está en una agonía más patética que la del rock. Y se iba a replicar desde entonces en cada entrevista.

Cuando publiqué lo del crack, la encargada de prensa de Pity me llamó para putearme. “¿Cómo vas a publicar eso?”, me preguntó. Le respondí que lo había consultado con Pity y que él me había dicho que no había problema, que pusiera lo que quisiera. “Pity está enfermo, no le podés hacer caso”, insistió la encargada de prensa.

Me había quedado claro que Pity no estaba bien. Pero, ¿qué se hace en esos casos? ¿Se lo oculta? La nota no hablaba sólo de eso: contaba sobre el proceso creativo del disco y hablaba de los nuevos rumbos estéticos que estaba emprendiendo Pity.

En el departamento de Lugano, en el monoblock del barrio Samoré, Pity no sólo me mostró el queso blanco podrido que comía. También me mostró unos cuantos temas de hip hop (estaba fascinado haciendo bases electrónicas sobre las que rapeaba) y composiciones propias de tango y folklore. Me habló de su admiración profunda por Mercedes Sosa y María Marta Serra Lima. Y en el estudio, tuve el placer inmenso de verlo grabar Una vela, un hip hop increíble, de intenso pulso barrial.

Hoy recuerdo aquella entrevista, miro la que le hizo Lanata, vuelvo sobre las noticias de los últimos días y no tengo dudas: hacer un reportaje a Pity sin dar cuenta de su autodestrucción infinita es ocultar las cosas. Pero también es ocultar las cosas hablar sólo del personaje, sin tener en cuenta al artista, al enorme artista que es Pity Álvarez.

Las vanguardias pusieron en evidencia la tensión entre aquello que viene a romper con las estructuras y aquello que pretende ser sólo una nueva estructura. Distinta pero tan arbitraria como la que se pretende reemplazar. Pero el arte nos enseñó, mucho antes, que existen otras muchas contradicciones en la existencia humana.

No sé si Marinetti fue un gran poeta o no. Pero sí estoy seguro que Giacomo Balla o Carlo Carrá sí fueron dos grandísimos pintores. Ambos fueron futuristas, ambos formaban parte del grupo de Marinetti, y ambos, como su mentor, también fueron militantes fascistas.

Una gran artista puede ser una persona espantosa, aunque tenga ideas nobles. O puede ser una persona buena, con ideas reaccionarias. Lo mismo ocurre con los artistas menores, mediocres o los malos artistas. Pity puede ser un asesino y ser, al mismo tiempo, un gran artista. Pero hay algo más importante que eso.

Pity es Pity porque representa todo lo que no nos animamos a ser. Y, al mismo tiempo, es el portador de todos los miedos de aquello que nos puede llegar a pasar. Es el esperpento que nos devuelve el espejo distorsianado, el deforme, el monstruo que todos llevamos dentro.

Un día de aquellos meses de 2003 estaba entrevistando a Pity en el barrio Piedrabuena, en la sala donde ensayaba Intoxicados. Terminamos, Pity me acompañó hasta la puerta y nos quedamos charlando un rato sobre cómo era el barrio. Estaba anocheciendo y me dijo que a esa hora se empezaba a poner picante.

Le pregunté entonces dónde paraba el colectivo 50, porque tenía que volver a mi casa, en el barrio de Constitución. Me dijo que a unas tres cuadras y me preguntó si me iba a volver en colectivo. “Sí”, le respondí. “¿La Rolling Stone no te da guita para viáticos?”, preguntó Pity. Dudé un segundo hasta que finalmente le contesté la verdad: “Sí, pero me vuelvo en bondi y me quedo con la guita del tacho”, respondí con una honestidad tan brutal como la de él para prenderse una pipa de crack.

Era la verdad. En ese momento estaba en la lona, con los coletazos del tsunami de 2001, con una hija de un año y medio, con Barcelona que recién empezaba pero no sabía a dónde iba, y cuidaba cada moneda como si fuera la única. Pity me miró asombrado y me di cuenta de que yo no era el más indicado para sentenciar nada sobre el reviente, la autodestrucción o la marginalidad.

¿Quién era el paria en aquella historia? ¿Quién estaba en la lona, con un pie afuera de los límites del sistema? ¿Quién era el verdadero expulsado del paraíso? Hoy, 15 años después, no nado en plata, pero puedo darme el lujo de no ahorrar en un taxi si salgo de un barrio picante en un horario complicado.

Pity, por su parte, acaba de matar a un tipo de cuatro balazos, tres de ellos en la cara. Las cosas, 15 años después, parecen presentarse de un modo distinto. Se supone que ahora sí es más evidente de qué lado está cada uno, quién está bien y quién no. Y así y todo, las cosas tampoco me quedan claras.

Debería disfrutar de esto que tengo pero no puedo. No puedo sentirme bien. Veo a Pity y no puedo sentirme bien. Escucho a Pity, a la mamá de Pity, y no puedo sentirme bien.

No se trata de que las vanguardias sean tan sólo un buen recuerdo en la historia y en los museos. Tampoco de que el rock agonice en la pipa de crack que está fumando un demente. Es la vida lo que me hace mal.

Me hace mierda esa necesidad ineludible de amplificar la vida de un tipo que se autodestruye. El morbo de no poder evitar ver, comentar y analizar el sufrimiento. De hacer de la vida un meme. Eso es lo que me hace mierda. Darme cuenta que el erotismo del poder de la muerte es más poderoso que el erotismo del poder del arte.

Las vanguardias murieron. El rock murió. La revolución agoniza. Pero el poder de encantamiento de ver morir a un tipo que decide hacerse mierda de a poco pero violentamente, eso está más vivo que nunca. Y eso es muy jodido para quienes seguimos creyendo en algún tipo de utopía.

Hoy la utopía no pasa por la revolución, ni por el rock, ni por la vanguardia. Las metas son más modestas. Y aún así, siguen siendo inalcanzables. No pido anular la muerte. Me conformo, apenas, con poder zafar del morbo. Pero la cosa está jodida, Pity. Era más fácil cuando era sólo rocanrol.

 

Publicada originalmente acá http://www.lavaca.org/notas/hijos-de-pity/