Había una vez un 24 de marzo

Me estoy volviendo viejo. Bueno, tal vez viejo no. Pero sí mayor. Creo que me estoy pasando de maduro. Tengo demasiadas cosas vividas. Algunas tienen que ver con momentos míticos: haber visto a Sumo en vivo, haber estado la noche en que, en un recital de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en Cemento, subió como invitado Luca Prodan a cantar “Criminal mambo”, haber participado en la última Marcha de la Resistencia durante la dictadura, entre muchas otras cosas.

Puede ser que todas esas vivencias tengan que ver con el olfato, con la intuición que me llevó a suponer que ahí, en esas manifestaciones (artísticas, políticas, culturales) estaba pasando algo que tenía que ver con la modernidad, con leer la época, con ser contemporáneo. Una modernidad que sólo se ejerce con el paso del tiempo, porque es la leyenda posterior la que legitima aquel hecho. Es el tiempo el que determina que aquello fue modernidad.

Todo bien con todo, muy aguda la lectura de época, pero nada de eso lo hubiera vivido si no fuera por mi edad, por haber sido joven en los años 80. ¿Qué es lo que marcó a mi generación, cuál fue la clave para entender lo que nos pasa a quienes estamos llegando a los 50?

Podría empezar una larga lista: la apertura democrática, la esperanza y desilusión alfonsinistas (del Juicio a las Juntas al “Felices Pascuas”), la cultura rock, la cocaína, la apertura sexual, el sida, el menemismo, la caída del Muro de Berlín, el kirchnerismo… Sí, muy bien, todo eso es válido, todo eso está. Pero creo que nada define mejor lo que nos pasó generacionalmente como nuestra relación con el 24 de marzo.

Pertenezco a la última generación que no pudo hacer chistes con el 24 de marzo. Todo estaba demasiado fresco, todo era demasiado reciente. Cuando alguien de mi generación piensa en “cosas con las que no se jode”, aparecen en primer lugar “los desaparecidos”. Y eso no sólo incluye a los muertos sin sepultura, a aquellos de los que se desconoce el paradero, de quienes no se sabe dónde están los restos: también forman parte de ese pelotón los familiares, los seres queridos y la memoria de esos desaparecidos en general.
Crecimos viendo el dolor reciente de Madres y Abuelas. Y nos hicimos seres políticos teniendo en esas Madres y Abuelas a referentes inmaculados. Gente que, en nuestro imaginario, no tenía ninguna clase de fisura ética o ideológica. Por supuesto, vimos también cómo todo eso se vino abajo.

El análisis político más lineal nos dice que es una lástima que todo eso haya sucedido. Que es una pena que los organismos de derechos humanos (o la mayoría) se hayan vuelto oficialistas durante 12 años. O, visto de otro ángulo, podríamos pensar que es la consecuencia lógica de haber tenido un Gobierno que, con todas sus contradicciones, con Milani y Berni, logró derogar los indultos y las leyes de perdón e impulsó los juicios a los genocidas.

Las dos miradas son igualmente válidas. Pero también creo que son demasiado simplistas. Casi tanto como la supuesta grieta que las separa. La obviedad nos lleva hasta allí pero, ¿qué pasa si lo pensamos de otro modo? ¿Qué tal si celebramos el hecho de que aquellas personas que creíamos impolutas no lo son simplemente porque no es sostenible para ningún ser humano ser así?

El hecho de tener héroes nos pone espejos en los cuales reflejarnos. Y eso puede ser bueno. Pero también nos lleva a un lugar de comodidad: el de deshacernos de toda pretensión de cambiar las cosas, porque suponemos que para eso están nuestros héroes, que ese es el papel que cumplen aquellas personas a las que consideramos inmaculadas.
¿Será que la dignidad que depositamos en alguien tiene que ver tan sólo con la pereza que nos causa tomar las riendas? ¿Será que es cierto aquello de “juntemos valor y vayan”? Si es así, hay un punto donde se volvería necesario este 24 de marzo cargado de dudas, de contradicciones, y al mismo tiempo despojado de heroísmos incondicionales.

Nadie está dejando de reconocer a la gente que se le plantó de cara a un gobierno sanguinario cuando la inmensa mayoría de la sociedad callaba o miraba para otro lado. Pero es totalmente posible la convivencia entre ese valor y la claudicación posterior en nombre de contar con los recursos que siempre el Estado argentino negó.

Para mi generación el 24 de marzo, discursivamente, fue un cliché. Un cliché que estaba bien al comienzo. Porque exigir justicia cuando no la hay puede ser un lugar común, pero no deja de ser necesario insistir. Y nada mejor que insistir con una consigna única y poderosa, hasta transformarla en cliché. Ahora bien, cuando se cumplen esos reclamos, es mejor dejar el cliché de lado. O resignificarlo.

Alguien podrá decir que fueron demasiadas las provocaciones en los últimos tiempos sobre el tema: que si fueron 9 mil en lugar de 30 mil, que no hubo plan de exterminio, que los funcionarios que planteaban estas cosas podían seguir en funciones… una bosta. Pero, ¿debería ser esa la excusa para seguir repitiendo consignas vacías?

Soy de una generación que debe pensar, y pronto, qué es el 24 de marzo. Qué es lo que quedó de aquello, a dónde estamos parados. Qué significa hoy Nunca más. Soy de una generación que no vivió los 70, pero sí Nicaragua, el sandinismo, los últimos años de la URSS, y probablemente el último manotazo de ahogado de la ilusión de la violencia política como herramienta de cambio social.

Soy de una generación que se aferró a la lucha de los organismos de derechos humanos porque allí (y sólo allí) había coherencia. Hasta que sucedió lo impensado: que la barricada se volvió institución, que la lucha se volvió subsidio, que la horizontalidad se volvió alineamiento partidario explícito. ¿Cómo no hacer chistes, entonces? ¿Cómo no burlarse de lo indecible?

Soy de una generación que ya no puede rendir pleitesía pero que no aprendió a reírse de ciertas cosas ridículas. No, con eso no se jode. Eso es sagrado. Así lo indica un mandato que hoy, más que nunca, hay que romper. No se trata de dejarse tentar por el discurso fascista, berreta, que alcanza su carácter republicano en la vuelta de la teoría de los dos demonios. Pero tampoco hay que hacernos los boludos.

El 24 de marzo se instaló un genocidio sanguinario, que fue tan sanguinario como otros. La diferencia fue que aquí la destinataria fue la clase media y fue la clase media la que salió a reclamar. Las Madres y Abuelas de clase media.

Que no fueron sectores políticos quienes encabezaron esa lucha: fueron los familiares. Y sobre todo, las familiares. O sea, salieron a reclamar por los nietos aquellas abuelas a quienes los militantes jamás les hubieran encomendado el cuidado de los chicos. Y si hubo un énfasis especial en los nietos fue porque, a diferencia de los adultos, ellos eran “inocentes”.

Soy de una generación que tiene en el 24 de marzo su tabú absoluto. Que toma a esa fecha como un recipiente donde cada uno carga los contenidos que más le convenga. Pero siempre de un modo solemne, psicobolche, libre de celebración.

Esa es mi generación. Pero debo admitir también que soy un tipo afortunado. Porque desde hace años convivo con una mujer maravillosa, nacida en un campo de concentración, sobreviviente de aquellos años espantosos. Una mujer que es de una generación más joven. Y que, como tal (y, sobre todo, por su condición de sobreviviente), me abrió las puertas del humor negro, de lo indecible.

Cualquier padre o madre juega con sus hijos, cuando son bebés y empiezan a decir palabras, a esconderse. “¿Dónde está Trilce?”, pregunto mientras Trilce se tapa la cara. Y cuando se la destapa, respondo: “¡Acá está!” Lo mismo cuando la pregunta es: “¿Dónde está mamá?” o “¿Dónde está papá?” Soy de una generación que nunca se hubiera atrevido a preguntarle a una bebé: “¿Dónde está el abuelo?”, pera responder, imitando la voz de Videla: “Es una entidad, no está ni vivo ni muerto, está desaparecido”.

Soy de una generación que debería pensar que también hay que decirle Nunca más a los clichés. Y que debería darse cuenta que a veces el dolor, el humor negro y saltar las barreras del “con eso no se jode” son las mejores formas de empezar a pensar las cosas desde un lugar distinto. Un lugar que nos haga reflexionar, un lugar que no nos convoque a repetir consignas sin sentido.

Un lugar donde Memoria, Verdad y Justicia sean cosas sagradas. Tan sagradas que sean cosas con las que sí se jode.

 

 

(La Vanguardia, 24/3/2017)

 

Nota publicada acá http://www.lavanguardiadigital.com.ar/index.php/2017/03/24/habia-una-vez-un-24-de-marzo/