Fotos para la historia

La sonrisa de Cori es igual a la de Trilce. Así de radiante, así de limpia, así de inocente. Inocente, qué palabra de mierda. Mejor explico, no vaya a ser cosa que alguien confunda “inocente” con aquello que está a las antípodas de “culpable”.

¿Dónde está la inocencia de la sonrisa de Cori? En que en esa sonrisa no hay rastros de violencia, de la tragedia que vendrá, de ninguno de los tormentos que la esperaban en su vida. Por eso la sonrisa de Cori a los veinte es igual a la de Trilce a los dos años y medio. Por eso y por los genes, claro: Cori es la abuela de Trilce. Aunque nunca la conoció, aunque Cori prácticamente no conoció ni siquiera a Viki, la mamá de Trilce, la hija de Cori.

Cori quedó eternizada en esa inocencia, en esa imagen en blanco y negro, en esa foto tan ajena a su historia y que, paradojas del destino, hoy es parte fundamental, constitutiva de su historia. Y de su relación con su historia y con la historia.

Las Madres de Plaza de Mayo acaban de cumplir 40 años. Y para celebrarlo, pusieron fotos de los desaparecidos en la plaza de la que tomaron el nombre, su plaza. Y allí estaba Cori, con su sonrisa eterna, con su juventud eterna, con su imagen inmortal para la historia, con esa foto que dejó al mundo como prueba de que esa es su historia.

El mural de mosaicos de imágenes en blanco y negro que construyeron las Madres de Plaza de Mayo puede ser leído como un manifiesto político, como una postal de época y como un testimonio histórico. Pero también funciona como una obra artística. Tiene una fuerza que apunta a lo mismo que el Guernica de Picasso, por ejemplo. Aunque sin metáfora ni alegoría.

Quizá justamente la fuerza visual de esas fotos esté en el hecho de que no fueron elegidas para la posteridad: fue la posteridad quien las eligió. Hay fotos icónicas del Che Guevara o de Jim Morrison, por ejemplo. Dos personas que murieron jóvenes. Pero tanto Morrison como el Che parecen haber posado para la posteridad, plenamente conscientes de lo que eran y lo que representaban.

Alguien podrá decir que la foto de Alberto Korda fue tomada casualmente, que ese Che Guevara que parece mirar al infinito sólo estaba mirando a Fidel Castro mientras daba un discurso. Pero el Che está de fajina, con su boina, con la estrella, con su barba y sus pelos largos, convertido en un héroe revolucionario. Ni hablar de la pose de rock star torturado y melancólico de Morrison con los brazos abiertos.

La sonrisa de Cori es inocente porque es cotidiana, de entrecasa. Y es eso lo que hace que, simbólicamente, la imagen sea más dura, más trágica: esa sonrisa hoy nadie sabe dónde está, aunque lo más seguro es que esté hundida en el fondo de algún lugar del Río de la Plata. Porque, aunque a Cori le caben todas las imprecisiones sobre su paradero que a la mayoría de los desaparecidos, lo más probable es que haya sido trasladada en un vuelo de la muerte, en 1977, 15 días después de parir a su hija, Victoria, la mamá de Trilce.

Las imágenes de las personas siempre están signadas por la época en que esas personas vivieron. Pasa con la ropa, con la moda, con los peinados. Pero pasa también con los diferentes formatos en que se tomaron esas imágenes, del óleo a la foto digital, pasando por el daguerrotipo o la foto de rollo.

La foto de Cori, ese retrato en blanco y negro, habla de una época, de una forma de tomar fotos y de retratarse, de un formato. Y la multiplicación de imágenes en blanco y negro, de bigotes, peinados y ropas de época, como en el mosaico de la Madres de Plaza de Mayo, habla de una tragedia colectiva tanto como de un momento.

Desde que apareció Página 12, una de las cosas que más me llamó la atención del diario (y que, creo, resultó revolucionario en la forma de comunicar) fue el recordatorio de los aniversarios de los desaparecidos durante la última dictadura. El diario hizo suyo un hecho personal. Porque leyó que lo personal formaba parte de lo colectivo. Y de ese modo, algo que formaba parte del círculo de los organismos de derechos humanos, pasó a ser parte de un público más amplio y general.

De alguna manera, Página 12 se anticipó con sus recordatorios a los muros de Facebook. Fue la forma más contundente de decir “ni olvido ni perdón”, sin decirlo. Decir sin decir: esa es la mejor manera de decir las cosas. Además, hay que recordar que el diario salió en 1987, el mismo año que Alfonsín aprobó la Ley de Obediencia Debida, y ya sancionado el Punto Final.

En pleno comienzo de la impunidad por los crímenes de la dictadura (más tarde llegarían los indultos de Menem) Página 12 no sólo optó por no olvidar, sino que se dedicó a recordar. Y a recordar que no había que olvidar, a pesar de lo que decían las leyes y los decretos. Gracias a esa forma de recordar, a esa medida editorial ejemplar, pude conocer a Cori, mi suegra.

A veces las comparaciones pueden parecer forzadas. No pretendo, pues, igualar situaciones ni exagerar hechos que tienen otros contextos, otras épocas, otros móviles. Pero no puedo dejar de pensar en Cori cada vez que veo la foto de Araceli, de Micaela o de las muchas chicas desaparecidas en los últimos tiempos.

El formato es bien distinto: hay selfie, hay trompita, hay color, hay inmediatez. Pero siempre hay una foto. Y, lo peor de todo, lo trágico, lo terrible, esa foto se difunde porque esa chica está desaparecida. Sí, otra vez la palabra maldita: desaparecidos. Con una salvedad: hoy se trata de desaparecidas.

Hoy los diarios ocupan otro lugar bien distinto en el entramado de las comunicaciones y es por eso que decía que los recordatorios de Página 12 se anticiparon a los muros de Facebook. Hoy las fotos de las chicas se multiplican en las redes sociales. Porque, además, como durante la dictadura, los grandes medios no se hacen cargo de estas nuevas desapariciones. Aparecen cuando aparece un cadáver, para sumarse a la mutilación, pero no hacen nada por la búsqueda.

Una vez más aparece esa barrera mediática de lo que se hace llamar “inseguridad”. Una barrera arbitraria, jodida, miserable. Que sirve para separar cuáles son los atropellos y crímenes que “le importan a la gente”, y cuáles no. Como si contaran con una consola para ecualizar el sufrimiento colectivo y amplificar o silenciar aquello que crean conveniente.

Las fotos de las desaparecidas de hoy circulan entonces dentro de las redes sociales. Que vendrían a ser los suburbios de la comunicación. Cuando las fotos eran en blanco y negro, como la de Cori, esa periferia estaba en el exterior o en lugares secretos, a los que sólo accedían Madres y Abuelas.

Madres y Abuelas. Mujeres. ¿Será esta desaparición de mujeres de hoy un escarmiento por el desacato de las mujeres de entonces? ¿O tan sólo se trata de otra quema de brujas, de otras hogueras, versiones con foto de aquellos crímenes medievales de la Inquisición? Hay una cosa que es cierta: como en la Inquisición, como en la dictadura, como hoy, la participación estatal es evidente.

Dije que no quería caer en analogías berretas ni en comparaciones que, en el afán de simplificar, hacen que se pierdan de vista las diferencias. Porque hay diferencias. Muchas. ¿Qué es peor? ¿El “aparición con vida” de entonces, sabiendo que no iba a haber “con vida”, pero tampoco “aparición”? ¿O el “aparición con vida” de hoy, donde tampoco habrá vida, pero es probable que sí aparición, pero con violación, con mutilación?

Tampoco es posible comparar a las chicas (y chicos) militantes de entonces con las chicas de hoy. No, no es lo mismo. Pero espanta que el destino de muerte sea el mismo. Y espanta, sobre todo, saber que una vez más hay una palabra que vuelve a definir nuestra vida cotidiana: desaparedidos. En este caso, desaparecidas.

La sonrisa de Cori es igual a la de Trilce, sí. Pero también es muy parecida a la de Araceli, a la de Micaela y a la de tantas otras. Sin selfie, sin color, sin trompita, pero es muy parecida. Igual de inocente, igual de radiante, igual de ajena a la posteridad que hoy las abraza a todas. Y más allá de las diferencias, espanta pensar en que hoy esas fotos vuelvan a significar lo mismo. Pero ese no es el verdadero horror.

El verdadero horror es imaginar un futuro donde nos acostumbremos a vivir con esas foto. Un futuro donde nos resignemos a creer que lo único que podemos hacer para evitar las desapariciones sea poner “me gusta” debajo de la foto de una chica que sonríe.

 

 

Publicado en LA VANGUARDIA DIGITAL, 1-5-2017