El progresismo que supimos conseguir

Saquemos la acusación de asesino y narco. No digo que eso sea menor, pero aún tiene que hablar la justicia. Dejemos de lado también los vínculos con Burzaco, TyC Sports y la corrupción en el fútbol. Y ya que estamos, dejemos de lado, si es posible, su condición de “duhaldista portador sano”, como se definió alguna vez. O su lengua filosa y, admitámoslo, ingeniosa y ocurrente, pero siempre al servicio de justificar absolutamente cualquier cosa, a cualquier precio, sin que importe absolutamente nada.

Concentrémonos sólo en lo que ocurrió en el año 2002. Más precisamente, alrededor del 26 de junio de 2002. Más precisamente en la estación Avellaneda, cuando efectivos de la policía de la provincia de Buenos Aires asesinaron a los militantes populares Maximiliano Kosteki y Darío Santillán. Y es bueno detenerse allí porque fue en ese momento en que el tipo comenzó a hacer famosa retórica pendenciera y provocadora.

Días antes de la movilización de organizaciones sociales, cuando se anunciaba el corte del Puente Pueyrredón, Aníbal Fernández (sí, de él estamos hablando) desplegó un dispositivo retórico digno del que lo transformaría tiempo después en una espada política fundamental de la “década ganada”. Días antes de la movilización que terminaría en la masacre de Avellaneda, Fernández acusó a los piqueteros de “incitar a la lucha armada” para “tomar el poder”. O sea, justificó una represión brutal que, evidentemente, ya estaba decidida.

Quiero concentrarme en Aníbal Fernández no por lo que sé que el tipo es, sino por lo que muchos de mis amigos kirchneristas ven en él. Hablo de buena gente, de hombres y mujeres que forman parte de un espacio progresista. Tuve en los días antes de las PASO varias discusiones con algunos de ellos. Gente que votó a Scioli tapándose la nariz (e incluso que ni siquiera lo votó, que alegaba que allí había un límite) pero que se sentía orgullosa de votar a Fernández. O que lo votaría sin dudarlo si vivieran en la Provincia de Buenos Aires.

Obviamente, no estoy hablando de un tipo de voto que vaya a definir una elección. Si el país lo gobernara la gente que vota mis amigos, hubiéramos tenido hace años un cambio político radical. Y no estoy hablando (ni remotamente) de la UCR. Pero este malentendido descomunal, este disparate absoluto sobre la figura de Aníbal Fernández habla mucho de malos entendidos y disparates que atormentan al espacio progresista.

No hablo de estrategias electorales, hablo del espacio. Un espacio que el kirchnerismo ha destrozado, entre otras cosas, porque dejamos que lo destrozara. O porque no supimos qué hacer para que no lo destrozara. No supimos cómo hacer para diferenciar la retórica progresista del kirchnerismo (en la mayoría de las veces con buenos enunciados, con un discurso que interpela a este espacio) y una práctica política mafiosa. No supimos reconocer la primera antes de cuestionar la segunda.

Ese desatino desembocó en una práctica que fue funcional a la mayoría anti kirchnerista. O sea, a la derecha sin máscara, la de Niembro y Del Sel. La foto de Tucumán es, tal vez, el último gran ejemplo de esta realidad: hubo fraude, sí; está bien denunciarlo, sí; hay que oponerse fervientemente a este mecanismo feudal y mafioso, sí. Pero la foto de los líderes de la oposición sólo resultó una demostración de poder de Macri, del tipo “esto es lo que tengo para el balotaje”.

Cuando se habla del país dividido que dejó el kirchnerismo, ¿de qué estamos hablando? Básicamente, de la división, de las peleas entre gente que históricamente perteneció a un mismo espacio. Esa es la división que importa. Obviamente, hay divisiones por todos lados, pero eso siempre va a ser así con gobiernos que toquen intereses reales de poder. Y sabemos que para hacer transformaciones profundas es necesario tocar intereses. El problema es que el kircherismo no las hizo, pero dice que sí las hizo. Y lo que es peor, hay mucha gente que cree que sí las hizo.

La famosa “grieta” en la cotidianeidad, la mesa familiar dividida por el kirchnerismo es parte del folklore, una anécdota de tantas. Podemos hablar también de coincidencias familiares entre gente de derecha ex menemistas y gente progresista a quienes hoy une un mismo fervor anti K. Otro disparate. Pero quiero concentrarme en el espacio progresista, que es lo que nos importa. Y, más que echar culpas al Gobierno, pensar qué hicimos desde el progresismo para evitar esta catástrofe que terminó en una elección mano a mano con el trotskismo.

Sabemos quién es Aníbal Fernández. Podemos estar horas hablando sobre él, sobre su concepción mafiosa y nauseabunda de la política. Pero no tiene sentido hacerlo si antes no nos preguntamos cómo fue que, desde el progresismo, no supimos construir nada mejor. Y cómo fue que la sociedad argentina sólo tiene hoy una salida por derecha (dentro y fuera del FPV) al kirchenrismo.

Por último, el progresismo debería ser una opción de gobierno. Como sucede en Santa Fe, donde se puede comprobar que hay otra forma de gestionar. Pero si el progresismo se transforma en una expresión testimonial, es lógico que, ante el testimonialismo irrelevante, la poca gente de izquierda opte por el trotskismo, ese que no salió en la foto en Tucumán.

Son tiempos difíciles para el progresismo. Pero van a ser mucho más difíciles si seguimos buscando culpas afuera, sin asumir qué nos trajo hasta acá, por qué no podemos interpelar a la sociedad y qué es y a dónde va este magro progresismo que supimos conseguir. A no ser que nos conformemos con ser macristas o sciolistas portadores sanos.

 

(La Vanguardia, agosto de 2015)