El Mundial, gracias a Dios

Entre los asuntos que me son ajenos e incomprensibles, la fe ocupa un lugar sagrado. Me considero un ateo visceral, estructural, alguien para quien la idea de Dios es un misterio, supongo, aún más profundo que para un creyente. La inexistencia de Dios es algo que me constituye. No hay misterio, no hay más allá, no hay pasiones, ni pulsiones, ni fenómenos que puedan ser explicados fuera de la materialidad.

Sí, materialista, eso es lo que soy. Un materialista dialéctico de corte clásico. Un zurdo de manual que no acepta fisuras espirituales a su pensamiento científico. Por supuesto que eso no implica que no existan misterios en la vida del ser humano. Pero esos misterios serán develados en cuanto la razón logre cuantificarlos, procesarlos y explicarlos. La fe, creo, no es más que un atajo, una salida fácil que consiste en pensar que lo que hoy no tiene explicación nunca lo tendrá. Y no, todo será explicado en algún momento.

La imposibilidad de abarcar el infinito es lo que nos vuelve místicos. Y esa mística, aunque irracional, siempre existe. Tiene que ver con la finitud de la vida y con la certeza y la autoconciencia de esa finitud. Nos aferramos a la idea de infinito y de trascendencia como una ilusión que nos permite seguir. Ese deseo de trascendencia es irracional. Y, por lo tanto, poético. De allí que el arte sea uno de los territorios donde mejor se expresa lo espiritual, lo intangible, lo necesario aunque no exista.

Entre los ateos, las manifestaciones espirituales suelen tener las formas más variadas y suelen ser tan inexplicables como la religión. Una religión tampoco es una, sino muchas, infinitas. Una persona puede ser, al mismo tiempo, católica, amante del arte y fan del “A dos voces”. Otra bien puede ser atea, fan del cine de James Cameron y peronista. Y otra, lectora de Jorge Luis Borges, budista y seguidora de “6,7 8”. Los caminos de la fe son infinitos y misteriosos. En mi caso, el fútbol ocupa un lugar privilegiado en el costado espiritual de mi vida de ateo.

Fue al gran músico uruguayo Jaime Roos a quien le escuché por primera vez vincular al fútbol con la fe. Jaime me dijo, en una entrevista: “Los uruguayos no somos un pueblo muy creyente. El fútbol ocupa ese lugar ”. Desde entonces leí, escuché y vi muchos comentarios que vinculan al fútbol con la fe. Recomiendo, y mucho, el monólogo de John Olivier, un comediante británico que trabaja para la televisión inglesa y que les cuenta a los yanquis qué es el fútbol y por qué genera pasión a pesar de que la FIFA es una mafia. Búsquenlo, está subtitulado y fue viral, a pesar de que la FIFA intentó prohibirlo.

El de Olivier es un buen punto de vista, y algo que iguala al fútbol con la fe. Siguiendo su razonamiento podríamos decir que por un lado están Messi, Neymar y Robben, y por otro Blatter, Grondona y la FIFA; por un lado Cristo, los curas villeros y la Teología de la Liberación, y por otro el Banco Ambrosiano, Monseñor Aguer y los curas pedófilos. Pero creo que en este caso la analogía debería ser otra.

Hay en el fútbol dos planos místicos: el de hinchar por un equipo o por la Selección (que nos lleva al paroxismo de querer que gane como sea) y el de la apreciación de la belleza, que nos lleva a ver un Holanda-España y disfrutar por igual una exquisita definición de Van Persie o un pase magistral de Iniesta. El primero tiene que ver con la pleitesía que se le rinde a un dios o un conjunto de deidades; el segundo, con el goce de una manifestación artística en función de esa deidad.

A quienes nos gusta el fútbol nos apasiona el Mundial porque allí está todo eso: por un lado la pasión de hinchar por Argentina; por otro el goce de ver la mayor manifestación artístico-creyente que puede dar el fútbol en todo el planeta. Con un agregado, que hace que la fe se haga más y más grande: por una vez se puede contar con las máximas figuras del Mundo jugando para tu equipo. Y más si está Messi en la cancha. Ningún hincha argentino tiene la posibilidad, nunca, de tener un equipo así. Puede que a los simpatizantes de clubes millonarios como el Real Madrid, el Barcelona o el Bayern Munich se les diluya un poco la fe. No es nuestro caso.

Obviamente, en el plano artístico hay partidos (Italia-Inglaterra, España-Holanda, Brasil-Chile, esta nota se escribe luego de la clasificación de Brasil a Cuartos, cuando termina la definición por penales de este partido) que podrían compararse con el Éxtasis de Bernini o El cardenal, de Rafael. Otros, en cambio, se parecen más a la restauración del Ecce homo de la lglesia de Borja, en la provincia de Zaragoza, España, que hace dos años realizara una anciana devota. Grecia-Japón o Irán-Nigeria, por ejemplo.

El Mundial es la apoteosis del fútbol mundial justamente porque está concentrado, una vez y cada cuatro años, toda la espiritualidad de la que el fútbol es capaz. Y los devotos nos rendimos, aunque sepamos que la FIFA es una organización capaz de exigir cambios de leyes en los países. En Brasil, por ejemplo, hizo cambiar la ley que prohibía la venta de alcohol en las canchas porque unos de los sponsors de FIFA es Budweisser. Y también exigió la construcción de estadios gigantes y costosísimos en ciudades como Manaos o Belem, sin grandes clubes que los vayan a usar.

La fe, el credo, el arte del Mundial de fútbol no sólo sirve para tapar las políticas nefastas y corruptas de la FIFA: también funciona como cortina de humo para tapar problemas políticos coyunturales y estratégicos en el país. Pero así son las cosas cuando un espíritu superior está presente: si uno visita la Capilla Sixtina o el Museo del Prado no piensa en Amado Boudou, en Ciccone, en Campagnoli, en la inflación, en el modelo extractivo minero ni en el monocultivo sojero. Uno piensa en otras cosas. Gracias a dios.

 

(La Vanguardia, junio de 2014)