El arte non sancto de León Ferrari

Los que lo consideran la encarnación de Lucifer tendrían que mirarlo a los ojos, sostener por un momento su mirada firme, agigantada por los gruesos vidrios de unos anteojos de marco también grueso; deberían, también, contemplar esa cara, mezcla de viejito bueno con cierto aire de intelectual torturado (para esto ayuda mucho su tupida cabellera blanca y sus espesas cejas grises, al estilo, digamos, Samuel Beckett) que se borra inmediatamente cada vez que lanza una de sus sonrisas de transparencia y picardía adolescentes; y, por último, sería aconsejable que escucharan sus palabras, dichas con una voz finita, que se eleva apenas uno o dos decibeles por encima del susurro, y probablemente sea el único aspecto de su existencia que denota su edad.

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