Viernes a viernes, 8:30 AM (Mundial 2010)

Es injusto: en estos últimos días me levanté a las ocho menos cuarto, le preparé la leche caliente y el pan con dulce a mi hija, la ayudé a encontrar la ropa y a vestirse sin que se despertara su hermanito y la llevé puntualmente a la escuela de arte a la que va tres mañanas por semana, a contraturno de su escolaridad. Y cuando digo puntualmente es puntualmente: la escuela está a la vuelta de mi casa y yo llegué cada mañana a las 8:25, cinco minutos antes del límite de entrada. Insisto: es injusto. Porque a pesar de mi conducta ejemplar, de mi incuestionable e intachable compromiso con las tareas domésticas y el normal desempeño del hogar, mi mujer me cagó a puteadas.

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